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Cibervivientes de la letra impresa

julio 5, 2011

Por Milena Recio

Libros-SardoyaCon los ojos irritados, la mano acoplada al mouse y la columna contrahecha, permanecen cada día ante un mar de letras evanescentes en la pantalla de la PC. No lo soportan más, pero no pueden evitarlo. Son los migrantes digitales, quienes mantienen un pie en el tomo impreso y otro, nostálgico, en las ruinas de la cultura que ellos rememoran digna, ahora degradada a bits.

Piensan con terror en el futuro porque el presente ya señala el infortunio. ¿Dónde se encontrará la belleza, el fino ademán, la gracilidad de épocas pasadas con estos advenedizos que ahora se conforman con escribir un tkiero, sin más? ¿Cómo podrá la memoria humana salvarse en los sótanos virtuales de enciclopedias apócrifas donde cualquier hijo de vecino puede emplazar un saber profano?

En la otra esquina aparecen los nativos. Recién llegados, completan el cuadro. Nunca leerán más de 20 páginas, de nada. Ni siquiera le pondrán atención al prospecto que acompaña al jarabe de la tos. Sus ojos no ven, no miran; escanean. Su mente no lee, solo “recupera” tipos, señales, ambientes.

Encuentran sus pantallas y sus conexiones ubicuas por donde van. Esos cuerpos juveniles simulan ser, y no al revés, las extensiones de aquellos dispositivos electrónicos cada vez más portátiles que parecen capaces de forjar la realidad. (Érase un hombre a un IPod pegado…)

Estos mozos e-letrados no tienen tiempo que perder. La pista arde, el mercado atropella, el amor se diluye en abrazos de todo signo. Lo mejor es jugar: sumergirse en la red, interactuar en un más allá digital donde se encuentran todas las promesas resueltas con un solo algoritmo: el del placer. Son optimistas, vienen del futuro.

Ellos, nosotros

Aunque ninguno de estos “tipos” existen en puridad, siguen siendo construidos y utilizados —¡tantos años después!— para denostar o adular, indistintamente, los “impactos” de las tecnologías digitales de información y comunicación en nuestro mundo. Cada una de estas “criaturas” es frecuentada por las retóricas apologistas o detractoras que han hecho de estas supuestas tecnoculturas polarizadas, su trigo.

En realidad, habitamos sociedades en tránsito. A todos, estemos más cerca o más lejos del nuevo “instrumental” técnico y de sus lógicas digitales, nos envuelve la marea innovadora en las formas de recrear y usar la cultura letrada. Y también en no poca medida, nos definen unos guiones mentales con los que funcionamos y que le deben todavía más a Gutenberg que a Tim Berners-Lee. Somos, eso sí, “cibervivientes”, a quienes ha tocado cohabitar con la pantalla como nuevo —no único ni excluyente— soporte intelectual.

Los modelos de aprendizaje que tienen a la letra impresa y a la escritura secuencial como su principal referente, no han desaparecido, sino que se “contaminan” con la emergencia de literaturas hipertextuales, y alcanzan también a los nativos digitales cuyas formas de socialización y enculturización siguen siendo —allá quien lo niegue— principalmente analógicas y no virtuales.

Es notable entonces que, como nos advierten algunos buenos sabios, en el debate sobre los hábitos culturales y las “confrontaciones” pantalla/libro, partimos casi siempre de incertidumbres, más que de certezas. “Sabemos aún demasiado poco sobre la lectura tradicional, la lectura en papel”, nos dice Juan José Millán. “Y sin una visión clara de qué ha sido hasta ahora leer, ¿cómo vamos a opinar sobre lo que está suponiendo la nueva lectura?”

Por otra parte, las prácticas de lecturas en los distintos soportes, en última instancia, se presuponen. Alejandro Piscitelli lo explica en Ciberculturas 2.0: “En su convención narrativa, Borges nos pide imaginar un mundo de multiplicidades a partir de un medio exclusivamente lineal (el libro). Para los lectores de hipertextos la situación es exactamente al revés: dado un texto que puede, en principio, remitir a cualquier cosa (como esta arborescente reflexión que usted está leyendo) la tarea consiste en ejercitar una ‘reducción’ racional del campo de posibilidades”1.

Los hipertextos y las pantallas señalan nuevos retos cognitivos y estéticos, pero no pueden desligarse de la psyché propia de la tecnología escritural cuyo corolario moderno es el libro industrial.

Lejos del empobrecimiento o la disolución que algunos malos exegetas pretenden ver en los recientes derroteros de la cultura alfabetizada, nos topamos hoy con procesos de lecto/escritura mucho más demandantes. Las habilidades puestas en juego no se reducen a domesticar la palabra; es imprescindible completar el ciclo estimulando las competencias necesarias para aprender, comprender e interactuar. “Ni el libro es David, ni la computadora es Goliat. Entreverados y mutuamente potenciados, la tinta de Gutenberg y los bits de McLuhan deberán aprender a convivir y a multiplicarse creativamente”2.

Notas:

1- Alejandro Piscitelli: Ciberculturas 2.0. En la era de las máquinas inteligentes. Paidós, Buenos Aires, 2002. p.130.

2- Ídem. pp. 141-142.

Publicado originalmente en La Jiribilla, No. 526. La Habana. Año X.  4 al 10 de Junio de 2011. Disponible en:
http://www.lajiribilla.co.cu/2011/n526_06/526_19.html

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La hora de los desconectados

marzo 23, 2011

Por Milena Recio

VI Salón de Arte DigitalFue en 2004 cuando los cubanos vimos cabalgar por La Rampa a un rinoceronte. Compartiendo la escena con camellos metálicos y transeúntes desordenados, el “cuernudo” parecía huir de la fauna humana. Lo vimos todos, por televisión, cuando los organizadores del VI Salón de Arte Digital mostraron el spot promocional del evento.

Esta secuencia metafórica era, al mismo tiempo, un testimonio más de lo-posible-virtual que se aloja en nuestras retinas y cerebros para domesticar nuestra capacidad de asombro. En 1938, miles de personas, presas del pánico, no pudieron defenderse de una imagen sonora que representaba una amenazante incursión extraterrestre. Ni siquiera Orson Welles, conocedor del poder de los media, pudo figurarse el impacto que, en la sociedad de las grandes ciudades del este “americano”, tendría su performática versión radial de La guerra de los mundos.

Tantos años después, el environment mediático en que nos desenvolvemos, nos ha entrenado con eficacia hasta extirpar convenientemente cualquier atisbo de estupefacción. (Tampoco nos impresiona un rinoceronte en la selva africana).

De tanto exponernos a las new technologies, de tanto discurso que ficcionaliza la realidad y lo contrario, y de tanta poda al potencial crítico de las generaciones, los relatos sobre el mundo en que “resistimos” son fundamentalmente predecibles (aunque no controlables) para la mayor parte de las personas que lo habitamos.

Buey Arriba / Way Up

Y he aquí que el rinoceronte no solo “estaba ahí” para quienes “rampeamos”; para quienes hemos recibido entre los dones, este, inestimable, de nacer, vivir y explicarnos la existencia desde esta capital que, como todas y en su escala, discursa sobre el futuro.

En las laderas de la Sierra Maestra, allá en Santo Domingo, en Buey Arriba, en Granma, donde la escasez material se mantiene fiel a sus difuntos y donde hasta el mar puede ser un lujo inaccesible para muchos, también pudo verse este enorme animal recorriendo la avenida más cosmopolita, abierta y joven de nuestra topografía humana (cubana).

Las huellas mentales de la virtual reality no se derivan exclusivamente de la interacción directa con las tecnologías que de primera mano la (re)producen. La presencia de una enorme variedad de formas de dispersión del sensus virtual es el signo de nuestra época. No es el artefacto, sino el sentido; la significación de la máquina, tal como nos enseñara el sabio y centenario McLuhan.

La virtualidad digital conquista en este siglo XXI la “conciencia posible” (Lucien Goldman) no solo en el aspecto restrictivo de “hasta dónde” podemos formarnos un determinado juicio, sino en otro sentido: cuando un input informativo puede imponer un margen distinto, una nueva cota de “posibilidad”. Más allá de la “frontera entre el ser y la nada”, consigue ser “una frontera entre el ser y el más ser”.

Así, nuestro andarín rinoceronte es solo otro guiño para ese “lector” de la realidad que puede representarse el mundo desde cualquier latitud ideacional, pero sabiendo que, en cualquier esquina, corre uno el riesgo de ser corneado.

Desconectados, uníos

Las estadísticas mundiales muestran que unos dos mil millones de personas se conectan a Internet. El resto —descontando con vergüenza y dolor a quienes mueren por inanición o viven por debajo del mínimo humano— probablemente sabe, de alguna forma, que otros están conectados. Comparten la noción de la red, conocen que es algo poderoso y quizás mágico.

Incluso los “desconectados” pueden apreciar la paradójica contracción/ampliación del tiempo y el espacio; han adquirido una dimensión global de la existencia que no puede ser ya pautada o escamoteada fácilmente —¡no como antes!— por cualquiera de las fronteras: territoriales, de clase o grupo, género, religión o nacionalidad; aprehenden la portabilidad de la información, la miniaturización de los dispositivos de almacenamiento y la reproductibilidad infinita de la información, como rasgos típicos y hasta “naturales” de “lo-que-existe”.

Las noticias de televisión que citan como fuente a Internet, la radio que programa música en tracks, las personas que cargan su Ipod pegado a las orejas, los políticos que convidan a mítines por SMS, los amigos emigrantes que curan su nostalgia por e-mail, las miles de fotos instantáneas que el vecino le hizo a su hija que nació… Todos son “mensajes” ubicuos, cotidianos, con los que topamos, aun desde la “desconexión”, sin poder evadir un estilo de época marcado por los bits.

No es extraño, por eso mismo, que las definiciones sobre la brecha digital abarquen, cada vez más, los aspectos cualitativos y no solo el perfil numérico de la desigualdad informacional; entre otros motivos porque la “desconexión” no es un estatus —más o menos transitorio—: es una cultura compartida por quienes recibimos y aprovechamos solo pequeñas porciones de la gran capacidad de producción y distribución informacional en el mundo de hoy, en la sociedad red, al decir de Manuel Castells.

La cifra de penetración de Internet en Cuba, según la Internet World Stats (IWS), es de solo 14 por ciento, considerando una población total aproximada de 11,5 millones de personas y de 1,6 millones de “conectados”; una de las más bajas en América Latina. Buena parte de estos usuarios se conectan a una especie criolla de Intranet con accesos limitados y a baja velocidad.

Un reciente estudio de la Oficina Nacional de Estadísticas de Cuba informaba, además, que solo el 5,8 por ciento de los cubanos usó el correo electrónico en 2009.

Mediante una encuesta nacional, se supo que apenas el 31,4 por ciento de la población cubana tuvo acceso a una computadora en el mismo lapso —de los 700 mil que se reportan en el país, para una tasa de 62 computadoras por cada mil habitantes. En la mayoría de los casos —el 85 por ciento—, los usuarios de estos servicios de red “entraron” desde computadoras instaladas en centros de estudio o trabajo. Los datos relativos a 2010 —que recién terminó— deben ser semejantes.

La condición de “desconectados” obliga a estrategias inexcusables para conseguir el acople necesario con los cambios potenciados por la revolución tecnológica digital que tiene ya varias décadas en curso.

Algunas de esas estrategias se enfocan en un “uso con sentido” de las tecnologías; no desde la opulencia, sino desde la escasez; no desde la abulia por lo digital, sino a partir de unos imaginarios sociales impregnados de bits, de maneras curiosas e inextricables.

1961-2011: otra campaña

Cuando en 1961 el pueblo cubano decidió conquistar para sí su derecho al futuro mediante la diseminación de las “letras” a través de una campaña masiva de alfabetización, estaba, al mismo tiempo, ofreciendo el “arma” liberadora de la lecto-escritura y resolviendo una gran deuda social con el ciclo tecnocultural gutenberiano.

En ese proceso, la mayoría de las personas “dominaron” el recurso del lenguaje escrito no solo a partir de que tuvieron libros que leer o cartas que escribir —soportes/artefactos tecnológicos que la Revolución produjo y socializó en una escala nunca antes vista en la historia cubana—, sino también cuando esas mismas personas comprendieron la necesidad e importancia de ese conocimiento para vivir una vida de intercambios culturales simétricos y de expansión de su aptitud humana.

Los adolescentes que fueron a enseñar entonces, lograron, adicionalmente, provocar la ansiedad por saber en millones de personas de todas las edades, y les aportaron la energía suficiente para seguir estudiando y reubicando así su horizonte mental a través de la cultura escrita.

Cincuenta años después, en los nuevos escenarios, es acaso imprescindible otra alfabetización, esta vez para insertarse más plenamente en el nuevo ciclo tecnocultural abierto por la infocomunicación digital.

Aun cuando no están disponibles PC para todos —faltan muchísimas— y la conectividad seguirá siendo difícil, la sociedad cubana no podrá dar ninguno de los saltos que pretende en estas fechas, si no lo hace promoviendo sujetos activos en el uso de las tecnologías digitales y sus contenidos (¡la información y el conocimiento!).

Aunque todos soñamos los “aparatos”, la alfabetización que se necesita —si bien no podrá prescindir de ellos—, no depende solo de la dotación tecnológica; es de mayor alcance. Pero tampoco se reduce a enseñar el uso de sistemas operativos (da igual Windows o Linux) o de procesadores de textos o imágenes (lo mismo Office que OpenOffice), o a buscar información en enciclopedias digitales (sin distinguir entre Encarta o Wikipedia).

Una alfabetización sin analfabetos

No existen los inmaculados de los bits. No es posible salvar nuestras conciencias de sus permanentes estímulos. Nuestras habilidades para lidiar con ellos son, eso sí, más o menos complejas; pero en ningún caso se llega casto, ni siquiera en edades tempranas, al aprendizaje sobre lo digital en la sociedad actual. No hay analfabetos digitales puros.

El potencial, sin embargo, muchas veces se desperdicia en el fomento de habilidades de poco rendimiento individual y social. El uso de las llamadas Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) puede ser exquisitamente mediocre cuando tiende a reproducir, meramente, las formas de relación con las tecnologías precedentes, desconociendo la aplicación, para nuevas funciones, de las herramientas y sus lógicas.

Miles de horas se desperdician, se acumulan montañas de aburrimiento y apatía en las aulas escolares; por ejemplo, donde los maestros siguen utilizando la televisión como prótesis del profesor parlante que dicta cátedra, muchas veces sin reconocer las necesidades cognitivas de niños con otras demandas.

Las innumerables presentaciones en PowerPoint —animadas y a todo color— que un estudiante universitario verá durante su carrera, ayudan a reproducir año tras año, curso tras curso, idénticos relatos demodé, más viejos en ocasiones que la ciencia misma.

Adolescentes entrenados en el “difícil arte” del Copy+Paste, difícilmente investiguen un solo “¿Por qué…?” de autoría propia. Científicos que usan Google como única puerta de acceso a los contenidos, corren el riesgo de hacer “ciencia de bodega”.

Periodistas que pretenden seguir imponiendo sus versiones de la realidad desde sus columnas, sin permitir el diálogo, estarán a un paso del ridículo frente a la marea indetenible de (sustanciosas) opiniones, de todos los signos, que brotan en la web 2.0.

Intranets muy útiles solo para avisar el cumpleaños de cada compañero, mes tras mes, o para “rememorar” desteñidas efemérides, y no para soportar procesos de trabajo y creación de nuevos valores económicos, serán siempre telarañas para cazar moscas.

Esta otra alfabetización —digital / informacional— que necesitamos, parece ser un asunto tan urgente como el del marabú. Resolver la infección de las tierras es condición para ofrecer alimento a los estómagos; desperezarse, ir en campaña hacia un modelo de sociedad sustentada en el valor del conocimiento nos daría ciertas garantías para un futuro en el que toda vocación no se reduzca al mero estómago.

“Es como si fuera necesario un nuevo tipo de civismo” —nos dice Alfons Cornellá—: el civismo informacional. “Todos comprometidos en generar mejor información, en facilitar su localización, en enseñar a entenderla, en ser exigentes en cuanto a su calidad, etc. La sociedad comprometida con el conocimiento. El conocimiento como valor social».

En la sociedad de la justicia y la inclusión —la utopía—, nuestra inteligencia, comunicada convenientemente, será, por fin, la fuente suprema para otorgar sentido a las cosas, aunque sean estas tan fantásticas como una carrera de forajidas bestias por nuestro entorno de asfalto.

Este texto se publicó originalmente en la revista La Jiribilla de papel, No.89, febrero 2011. Disponible también en: http://www.lajiribilla.co.cu/2011/n512_02/512_07.html