“Alternativizar” la comunicación

agosto 1, 2011

La Jiribilla de Papel 90

A continuación reproduzco el texto que leí en la presentación del número 90 de La Jiribilla de Papel, el día 19 de julio de 2011, en el Pabellón Cuba. Como La Jiribilla lo publicó luego en su web, e incluso le puso un título llamativo e interesante, lo reproduzco aquí también, como “constancia”.

Lo voy a decir —porque es sincero—, aunque sea uno de los más comunes lugares comunes de que se tenga noticia: que me halaga que nuestros amigos de La Jiribilla hayan pensado en mí para presentar este número 90 dedicado especialmente a los medios digitales como plataformas liberadoras en nuestras sociedades.

Sin más preámbulos, y considerando mi rol esta tarde, desde ahora mismo les digo a toda voz que no pueden dejar de llevarse una de estas “jiribillas” bajo el brazo.

No podía llegar en mejor momento esta edición dedicada a los asuntos siempre urgentes de los desequilibrios y las desigualdades comunicacionales, ahora que al fin parece que el imperio de Rupert Murdoch caerá pieza a pieza, y este planeta podría convertirse en un mejor lugar para vivir.

La primera consecuencia de envergadura de este escándalo en plena evolución es que ha dejado a muchas personas la enseñanza de que no hay poderío inexpugnable. Ni siquiera el de Murdoch, considerado uno de los amos mayoritarios del flujo simbólico en las sociedades contemporáneas, en este mundo de globalidades.

Quiero decir con esto que por muchas razones nosotros en La Habana, tan alejados aparentemente de estos avatares, deberíamos estar muy entusiasmados por la adversidad que la News Corporation atraviesa hoy. No está en descrédito solo una megacorporación mundial que actúa delincuencialmente para conseguir sus beneficios; no se trata solo de un ricachón avaro que somete a políticos, fuerzas militares y de inteligencia, y a ciudadanos inocentes a sus mecanismos de extracción de plusvalía.

Se trata esta vez de que con Murdoch pudiera empezar a caer, si al fin llegara a tocar fondo la aventura imperialista del viejo australiano, todo un Orden mundial de la Información y la Comunicación, signado por la concentración extrema de la propiedad y la consecuente y feroz expropiación extrema de la voz de los otros.

Como condición para que eso ocurra, para que caiga el imperio, habría que mundializar la denuncia y la protesta; pero solo estas llegarán si somos capaces de entender cómo en cualquier “oscuro rincón” —citando ya saben a quien—, y no solo en Londres o Nueva York, somos todos víctimas de este dueño de la palabra global; de este magnate de las imágenes y las representaciones del mundo; de este jefe del “sentido de las cosas”.

Y la verdad, no estoy muy segura de que seamos conscientes de cuánto Murdoch ha hecho en la modelación de nuestras mentes. Sí, incluso de nuestras mentes, crecidas bajo la sombrilla tutelar de la Revolución aquí en La Habana, Cuba. No sé si estamos conscientes de cómo somos, también nosotros, portadores y reproductores de la hegemonía del capital. Por eso no soy tan optimista.

La Jiribilla de Papel 90 Presentación
Pero les decía que casi nunca una presentadora tuvo mejor oportunidad de beneficiar con un buen saludo a la publicación a la que damos la bienvenida.

Este es justamente el momento de leer con más detenimiento lo que nos trae La Jiribilla y de discutir acerca de nuestras alternativas comunicacionales, ahora que estamos en mejores condiciones para impulsar miradas contrahegemónicas desde las redes digitales cada vez más baratas, ubicuas, accesibles y, además, abiertas a las nuevas “expresividades”.

Me atrevo a afirmar que con solo leer el dossier de este número 90, uno puede llevarse a casa los puntos más controversiales y por eso mismo, generativos, que atraviesan la discusión teórica y el esfuerzo práctico de la comunicación alternativa en pleno siglo XXI.

Las “Palabras para entrar en materia”, de Pascual Serrano son una síntesis muy lúcida y hasta didáctica de los retos “digitales” que encaramos los animadores del “cambio”; que no podía tener mejor compañía que el artículo de Santiago Alba, en el que el autor se acerca a un posicionamiento epistemológico radical —que buena falta nos hace—, para pensar la red no como mero instrumento o medio de comunicación, sino como el ecosistema cultural en el que nos desenvolvemos (y luchamos).

Incontestables son, por su parte, las observaciones que Frabetti, Kaplún, Betto, la Ceceña, Pérez y Vidal nos hacen a los “alternativos”. Todas giran en torno al problema de cómo “usar las armas del enemigo” (Frabetti).

¿Cómo convertir en contrahegemónico un discurso construido con el instrumental y desde las matrices culturales de la comunicación NO alternativa? ¿Cómo construir públicos críticos y al mismo tiempo satisfechos con una propuesta comunicacional que no renuncie a la belleza, a la estilización, a lo lúdicro?

“Lo panfletario tiene un público muy reducido. Hay que rechazar el artesanalismo de la peor calidad”, indica Kaplún.

“Debemos partir de lo que motiva a la gente y no de las convicciones dogmáticas de nuestras ideas revolucionarias”, dice Betto.

“No se trata de hacer contranarrativas (…) sino narrativas diferentes, pensadas desde otros lugares. Las contranarrativas se construyen dentro del marco conceptual y argumental del poder, lo reproducen afirmando su contrario”. Esto nos dice Ana Esther Ceceña, quien indica rotundamente la necesidad de “pensar desde otro lugar epistemológico”.

La Ceceña nos dice: “Hoy los medios —los nuestros— están en la obligación de despojarse de ingenuidad y asumir la enorme tarea de reconstruir, ‘junto con los pueblos en lucha’ los sentidos de realidad…”.

Todos estos autores merodean la idea de que la comunicación alternativa debe “acompañar” las prácticas emancipatorias en el proceso de la confrontación clasista, y de la lucha por la conquista de los poderes (sobre “las tierras y los cuerpos”).

Y si bien este es el plano común de la lucha, por lo menos de modo muy evidente en el contexto latinoamericano, sigue pendiente, para nosotros los cubanos, pensar nuestra comunicación alternativa en el contexto de una sociedad que ha conseguido  —a veces solo formalmente— derechos iguales y soberanía popular; y donde los medios de comunicación se han vuelto —muchos de ellos—, por arte de la “magia negra” burocrática, en fortalezas del dogmatismo, la censura, el antidiálogo, y también de la banalidad y la ruina ideoestética.

Nada de esto apunta a la recreación revolucionaria, y parece más que todo favorecer la hegemonía que la estirpe Murdoch ha venido consagrando como herencia fundamental del capitalismo en el plano de las ideas y de los sentimientos: el egoísmo.

¿Cómo reconquistar para Cuba, para nuestro pueblo, para nosotros, la motivación por “alternativizar” la comunicación? Esta es nuestra lucha, emparentada con aquella por la decisión de construir una nueva hegemonía que sea anticapitalista, y que hoy, valga decirlo, padece una profunda crisis.

¿Qué es lo alternativo en nuestro contexto y cómo se operacionaliza en nuestros todavía precarios y poco concurridos espacios digitales?

Si los editores de La Jiribilla me lo permiten, me atrevo a sugerirles esa como una futura pregunta generadora de próximos debates.

Y parafraseando a Eliseo, antes de terminar digo: Lo demás es la sombra…  apetecibles lecturas para jóvenes cultos y voraces. Disfrutemos, pues, todos de esta noble Jiribilla de papel que le hace honores a los bits.

Gracias.

19 de julio de 2011


Cibervivientes de la letra impresa

julio 5, 2011

Por Milena Recio

Libros-SardoyaCon los ojos irritados, la mano acoplada al mouse y la columna contrahecha, permanecen cada día ante un mar de letras evanescentes en la pantalla de la PC. No lo soportan más, pero no pueden evitarlo. Son los migrantes digitales, quienes mantienen un pie en el tomo impreso y otro, nostálgico, en las ruinas de la cultura que ellos rememoran digna, ahora degradada a bits.

Piensan con terror en el futuro porque el presente ya señala el infortunio. ¿Dónde se encontrará la belleza, el fino ademán, la gracilidad de épocas pasadas con estos advenedizos que ahora se conforman con escribir un tkiero, sin más? ¿Cómo podrá la memoria humana salvarse en los sótanos virtuales de enciclopedias apócrifas donde cualquier hijo de vecino puede emplazar un saber profano?

En la otra esquina aparecen los nativos. Recién llegados, completan el cuadro. Nunca leerán más de 20 páginas, de nada. Ni siquiera le pondrán atención al prospecto que acompaña al jarabe de la tos. Sus ojos no ven, no miran; escanean. Su mente no lee, solo “recupera” tipos, señales, ambientes.

Encuentran sus pantallas y sus conexiones ubicuas por donde van. Esos cuerpos juveniles simulan ser, y no al revés, las extensiones de aquellos dispositivos electrónicos cada vez más portátiles que parecen capaces de forjar la realidad. (Érase un hombre a un IPod pegado…)

Estos mozos e-letrados no tienen tiempo que perder. La pista arde, el mercado atropella, el amor se diluye en abrazos de todo signo. Lo mejor es jugar: sumergirse en la red, interactuar en un más allá digital donde se encuentran todas las promesas resueltas con un solo algoritmo: el del placer. Son optimistas, vienen del futuro.

Ellos, nosotros

Aunque ninguno de estos “tipos” existen en puridad, siguen siendo construidos y utilizados —¡tantos años después!— para denostar o adular, indistintamente, los “impactos” de las tecnologías digitales de información y comunicación en nuestro mundo. Cada una de estas “criaturas” es frecuentada por las retóricas apologistas o detractoras que han hecho de estas supuestas tecnoculturas polarizadas, su trigo.

En realidad, habitamos sociedades en tránsito. A todos, estemos más cerca o más lejos del nuevo “instrumental” técnico y de sus lógicas digitales, nos envuelve la marea innovadora en las formas de recrear y usar la cultura letrada. Y también en no poca medida, nos definen unos guiones mentales con los que funcionamos y que le deben todavía más a Gutenberg que a Tim Berners-Lee. Somos, eso sí, “cibervivientes”, a quienes ha tocado cohabitar con la pantalla como nuevo —no único ni excluyente— soporte intelectual.

Los modelos de aprendizaje que tienen a la letra impresa y a la escritura secuencial como su principal referente, no han desaparecido, sino que se “contaminan” con la emergencia de literaturas hipertextuales, y alcanzan también a los nativos digitales cuyas formas de socialización y enculturización siguen siendo —allá quien lo niegue— principalmente analógicas y no virtuales.

Es notable entonces que, como nos advierten algunos buenos sabios, en el debate sobre los hábitos culturales y las “confrontaciones” pantalla/libro, partimos casi siempre de incertidumbres, más que de certezas. “Sabemos aún demasiado poco sobre la lectura tradicional, la lectura en papel”, nos dice Juan José Millán. “Y sin una visión clara de qué ha sido hasta ahora leer, ¿cómo vamos a opinar sobre lo que está suponiendo la nueva lectura?”

Por otra parte, las prácticas de lecturas en los distintos soportes, en última instancia, se presuponen. Alejandro Piscitelli lo explica en Ciberculturas 2.0: “En su convención narrativa, Borges nos pide imaginar un mundo de multiplicidades a partir de un medio exclusivamente lineal (el libro). Para los lectores de hipertextos la situación es exactamente al revés: dado un texto que puede, en principio, remitir a cualquier cosa (como esta arborescente reflexión que usted está leyendo) la tarea consiste en ejercitar una ‘reducción’ racional del campo de posibilidades”1.

Los hipertextos y las pantallas señalan nuevos retos cognitivos y estéticos, pero no pueden desligarse de la psyché propia de la tecnología escritural cuyo corolario moderno es el libro industrial.

Lejos del empobrecimiento o la disolución que algunos malos exegetas pretenden ver en los recientes derroteros de la cultura alfabetizada, nos topamos hoy con procesos de lecto/escritura mucho más demandantes. Las habilidades puestas en juego no se reducen a domesticar la palabra; es imprescindible completar el ciclo estimulando las competencias necesarias para aprender, comprender e interactuar. “Ni el libro es David, ni la computadora es Goliat. Entreverados y mutuamente potenciados, la tinta de Gutenberg y los bits de McLuhan deberán aprender a convivir y a multiplicarse creativamente”2.

Notas:

1- Alejandro Piscitelli: Ciberculturas 2.0. En la era de las máquinas inteligentes. Paidós, Buenos Aires, 2002. p.130.

2- Ídem. pp. 141-142.

Publicado originalmente en La Jiribilla, No. 526. La Habana. Año X.  4 al 10 de Junio de 2011. Disponible en:
http://www.lajiribilla.co.cu/2011/n526_06/526_19.html


La hora de los desconectados

marzo 23, 2011

Por Milena Recio

VI Salón de Arte DigitalFue en 2004 cuando los cubanos vimos cabalgar por La Rampa a un rinoceronte. Compartiendo la escena con camellos metálicos y transeúntes desordenados, el “cuernudo” parecía huir de la fauna humana. Lo vimos todos, por televisión, cuando los organizadores del VI Salón de Arte Digital mostraron el spot promocional del evento.

Esta secuencia metafórica era, al mismo tiempo, un testimonio más de lo-posible-virtual que se aloja en nuestras retinas y cerebros para domesticar nuestra capacidad de asombro. En 1938, miles de personas, presas del pánico, no pudieron defenderse de una imagen sonora que representaba una amenazante incursión extraterrestre. Ni siquiera Orson Welles, conocedor del poder de los media, pudo figurarse el impacto que, en la sociedad de las grandes ciudades del este “americano”, tendría su performática versión radial de La guerra de los mundos.

Tantos años después, el environment mediático en que nos desenvolvemos, nos ha entrenado con eficacia hasta extirpar convenientemente cualquier atisbo de estupefacción. (Tampoco nos impresiona un rinoceronte en la selva africana).

De tanto exponernos a las new technologies, de tanto discurso que ficcionaliza la realidad y lo contrario, y de tanta poda al potencial crítico de las generaciones, los relatos sobre el mundo en que “resistimos” son fundamentalmente predecibles (aunque no controlables) para la mayor parte de las personas que lo habitamos.

Buey Arriba / Way Up

Y he aquí que el rinoceronte no solo “estaba ahí” para quienes “rampeamos”; para quienes hemos recibido entre los dones, este, inestimable, de nacer, vivir y explicarnos la existencia desde esta capital que, como todas y en su escala, discursa sobre el futuro.

En las laderas de la Sierra Maestra, allá en Santo Domingo, en Buey Arriba, en Granma, donde la escasez material se mantiene fiel a sus difuntos y donde hasta el mar puede ser un lujo inaccesible para muchos, también pudo verse este enorme animal recorriendo la avenida más cosmopolita, abierta y joven de nuestra topografía humana (cubana).

Las huellas mentales de la virtual reality no se derivan exclusivamente de la interacción directa con las tecnologías que de primera mano la (re)producen. La presencia de una enorme variedad de formas de dispersión del sensus virtual es el signo de nuestra época. No es el artefacto, sino el sentido; la significación de la máquina, tal como nos enseñara el sabio y centenario McLuhan.

La virtualidad digital conquista en este siglo XXI la “conciencia posible” (Lucien Goldman) no solo en el aspecto restrictivo de “hasta dónde” podemos formarnos un determinado juicio, sino en otro sentido: cuando un input informativo puede imponer un margen distinto, una nueva cota de “posibilidad”. Más allá de la “frontera entre el ser y la nada”, consigue ser “una frontera entre el ser y el más ser”.

Así, nuestro andarín rinoceronte es solo otro guiño para ese “lector” de la realidad que puede representarse el mundo desde cualquier latitud ideacional, pero sabiendo que, en cualquier esquina, corre uno el riesgo de ser corneado.

Desconectados, uníos

Las estadísticas mundiales muestran que unos dos mil millones de personas se conectan a Internet. El resto —descontando con vergüenza y dolor a quienes mueren por inanición o viven por debajo del mínimo humano— probablemente sabe, de alguna forma, que otros están conectados. Comparten la noción de la red, conocen que es algo poderoso y quizás mágico.

Incluso los “desconectados” pueden apreciar la paradójica contracción/ampliación del tiempo y el espacio; han adquirido una dimensión global de la existencia que no puede ser ya pautada o escamoteada fácilmente —¡no como antes!— por cualquiera de las fronteras: territoriales, de clase o grupo, género, religión o nacionalidad; aprehenden la portabilidad de la información, la miniaturización de los dispositivos de almacenamiento y la reproductibilidad infinita de la información, como rasgos típicos y hasta “naturales” de “lo-que-existe”.

Las noticias de televisión que citan como fuente a Internet, la radio que programa música en tracks, las personas que cargan su Ipod pegado a las orejas, los políticos que convidan a mítines por SMS, los amigos emigrantes que curan su nostalgia por e-mail, las miles de fotos instantáneas que el vecino le hizo a su hija que nació… Todos son “mensajes” ubicuos, cotidianos, con los que topamos, aun desde la “desconexión”, sin poder evadir un estilo de época marcado por los bits.

No es extraño, por eso mismo, que las definiciones sobre la brecha digital abarquen, cada vez más, los aspectos cualitativos y no solo el perfil numérico de la desigualdad informacional; entre otros motivos porque la “desconexión” no es un estatus —más o menos transitorio—: es una cultura compartida por quienes recibimos y aprovechamos solo pequeñas porciones de la gran capacidad de producción y distribución informacional en el mundo de hoy, en la sociedad red, al decir de Manuel Castells.

La cifra de penetración de Internet en Cuba, según la Internet World Stats (IWS), es de solo 14 por ciento, considerando una población total aproximada de 11,5 millones de personas y de 1,6 millones de “conectados”; una de las más bajas en América Latina. Buena parte de estos usuarios se conectan a una especie criolla de Intranet con accesos limitados y a baja velocidad.

Un reciente estudio de la Oficina Nacional de Estadísticas de Cuba informaba, además, que solo el 5,8 por ciento de los cubanos usó el correo electrónico en 2009.

Mediante una encuesta nacional, se supo que apenas el 31,4 por ciento de la población cubana tuvo acceso a una computadora en el mismo lapso —de los 700 mil que se reportan en el país, para una tasa de 62 computadoras por cada mil habitantes. En la mayoría de los casos —el 85 por ciento—, los usuarios de estos servicios de red “entraron” desde computadoras instaladas en centros de estudio o trabajo. Los datos relativos a 2010 —que recién terminó— deben ser semejantes.

La condición de “desconectados” obliga a estrategias inexcusables para conseguir el acople necesario con los cambios potenciados por la revolución tecnológica digital que tiene ya varias décadas en curso.

Algunas de esas estrategias se enfocan en un “uso con sentido” de las tecnologías; no desde la opulencia, sino desde la escasez; no desde la abulia por lo digital, sino a partir de unos imaginarios sociales impregnados de bits, de maneras curiosas e inextricables.

1961-2011: otra campaña

Cuando en 1961 el pueblo cubano decidió conquistar para sí su derecho al futuro mediante la diseminación de las “letras” a través de una campaña masiva de alfabetización, estaba, al mismo tiempo, ofreciendo el “arma” liberadora de la lecto-escritura y resolviendo una gran deuda social con el ciclo tecnocultural gutenberiano.

En ese proceso, la mayoría de las personas “dominaron” el recurso del lenguaje escrito no solo a partir de que tuvieron libros que leer o cartas que escribir —soportes/artefactos tecnológicos que la Revolución produjo y socializó en una escala nunca antes vista en la historia cubana—, sino también cuando esas mismas personas comprendieron la necesidad e importancia de ese conocimiento para vivir una vida de intercambios culturales simétricos y de expansión de su aptitud humana.

Los adolescentes que fueron a enseñar entonces, lograron, adicionalmente, provocar la ansiedad por saber en millones de personas de todas las edades, y les aportaron la energía suficiente para seguir estudiando y reubicando así su horizonte mental a través de la cultura escrita.

Cincuenta años después, en los nuevos escenarios, es acaso imprescindible otra alfabetización, esta vez para insertarse más plenamente en el nuevo ciclo tecnocultural abierto por la infocomunicación digital.

Aun cuando no están disponibles PC para todos —faltan muchísimas— y la conectividad seguirá siendo difícil, la sociedad cubana no podrá dar ninguno de los saltos que pretende en estas fechas, si no lo hace promoviendo sujetos activos en el uso de las tecnologías digitales y sus contenidos (¡la información y el conocimiento!).

Aunque todos soñamos los “aparatos”, la alfabetización que se necesita —si bien no podrá prescindir de ellos—, no depende solo de la dotación tecnológica; es de mayor alcance. Pero tampoco se reduce a enseñar el uso de sistemas operativos (da igual Windows o Linux) o de procesadores de textos o imágenes (lo mismo Office que OpenOffice), o a buscar información en enciclopedias digitales (sin distinguir entre Encarta o Wikipedia).

Una alfabetización sin analfabetos

No existen los inmaculados de los bits. No es posible salvar nuestras conciencias de sus permanentes estímulos. Nuestras habilidades para lidiar con ellos son, eso sí, más o menos complejas; pero en ningún caso se llega casto, ni siquiera en edades tempranas, al aprendizaje sobre lo digital en la sociedad actual. No hay analfabetos digitales puros.

El potencial, sin embargo, muchas veces se desperdicia en el fomento de habilidades de poco rendimiento individual y social. El uso de las llamadas Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) puede ser exquisitamente mediocre cuando tiende a reproducir, meramente, las formas de relación con las tecnologías precedentes, desconociendo la aplicación, para nuevas funciones, de las herramientas y sus lógicas.

Miles de horas se desperdician, se acumulan montañas de aburrimiento y apatía en las aulas escolares; por ejemplo, donde los maestros siguen utilizando la televisión como prótesis del profesor parlante que dicta cátedra, muchas veces sin reconocer las necesidades cognitivas de niños con otras demandas.

Las innumerables presentaciones en PowerPoint —animadas y a todo color— que un estudiante universitario verá durante su carrera, ayudan a reproducir año tras año, curso tras curso, idénticos relatos demodé, más viejos en ocasiones que la ciencia misma.

Adolescentes entrenados en el “difícil arte” del Copy+Paste, difícilmente investiguen un solo “¿Por qué…?” de autoría propia. Científicos que usan Google como única puerta de acceso a los contenidos, corren el riesgo de hacer “ciencia de bodega”.

Periodistas que pretenden seguir imponiendo sus versiones de la realidad desde sus columnas, sin permitir el diálogo, estarán a un paso del ridículo frente a la marea indetenible de (sustanciosas) opiniones, de todos los signos, que brotan en la web 2.0.

Intranets muy útiles solo para avisar el cumpleaños de cada compañero, mes tras mes, o para “rememorar” desteñidas efemérides, y no para soportar procesos de trabajo y creación de nuevos valores económicos, serán siempre telarañas para cazar moscas.

Esta otra alfabetización —digital / informacional— que necesitamos, parece ser un asunto tan urgente como el del marabú. Resolver la infección de las tierras es condición para ofrecer alimento a los estómagos; desperezarse, ir en campaña hacia un modelo de sociedad sustentada en el valor del conocimiento nos daría ciertas garantías para un futuro en el que toda vocación no se reduzca al mero estómago.

“Es como si fuera necesario un nuevo tipo de civismo” —nos dice Alfons Cornellá—: el civismo informacional. “Todos comprometidos en generar mejor información, en facilitar su localización, en enseñar a entenderla, en ser exigentes en cuanto a su calidad, etc. La sociedad comprometida con el conocimiento. El conocimiento como valor social».

En la sociedad de la justicia y la inclusión —la utopía—, nuestra inteligencia, comunicada convenientemente, será, por fin, la fuente suprema para otorgar sentido a las cosas, aunque sean estas tan fantásticas como una carrera de forajidas bestias por nuestro entorno de asfalto.

Este texto se publicó originalmente en la revista La Jiribilla de papel, No.89, febrero 2011. Disponible también en: http://www.lajiribilla.co.cu/2011/n512_02/512_07.html


Periodismo en la era digital. Dios no está en tu PC

febrero 17, 2011
Sigo recopilando mis propios textos, y rescato ahora este, que escribí, si no recuerdo mal, por encargo para un monográfico que editó la sección centroamericana y caribeña de FELAFACS, en ese entonces coordinada por el amigo boricua Dr. Maximiliano Dueñas.
Es de abril de 2001; es decir que tiene ¡más de diez años!, lo que es un susto en mi propia biografía, porque las cosas que ya tienen esas edades me sorprenden.
Muchas circunstancias e ideas sobre el periodismo digital se han modificado bastante. Por ejemplo, ya no existe el portal CNN en español de entonces, ahora lo que tenemos a mano es un canal en español del portal de CNN, que no es lo mismo (ni es igual). En fin… que el tiempo pasa. Lo importante es ser coherente.
Aquí va:

Dios no está en tu PC

Por Milena Recio Silva
  Si alguien le hubiera preguntado a San Agustín qué hacía Dios antes de crear el Cielo y la Tierra, este seguramente le habría respondido: preparaba el Infierno para los que quieren saber demasiado.
Nicola Abbagnano

Si Carlos Marx hubiera convivido con CNN quizás cambiaría su propuesta. En vez de ver en la lucha de clases la fuerza de la evolución histórica de las sociedades, podría encontrar pertinente afirmar que la historia la han hecho los hombres construyendo y derribando muros. Sí, muros. El de los lamentos en Jerusalén, el del comunismo (o el anticomunismo) en Berlín, el de la discriminación y la xenofobia entre México y la Tierra Prometida, y los de Québec, hace pocos días: los muros construidos por encargo de policías galácticos, y derribados por miles de personas dispuestas a soportar la pimienta y los golpes para protestar contra la globalización neoliberal, insolidaria. Es nuestra historia la de los muros. Muros, cortinas, perímetros, fronteras, cercas, murallas, trincheras, alambradas, límites…

A puro límite nació la modernidad capitalista. He aquí el Estado y hasta aquí el gobierno, y más allá la sociedad civil. Los monarcas a sus palacios, los burócratas a sus papeles. La Ley encerrada en edificios neoclásicos. Los pobres a la pobreza, los ricos a su riqueza. La filosofía a las universidades. La música para los teatros, y la otra, a las plazas públicas y los salones de baile. Las mujeres al hogar, los maridos a la calle.

Estábamos ya hartos de tanto límite. Queríamos por fin ser los nuevos ciudadanos del nuevo milenio. Evocando a Rosseau, cuando más esperanzados estábamos soñando con mudarnos por fin a Marte, nos ha llegado la noticia de que un nuevo Zaratustra bajó de la montaña, para decirnos alegre: Dios no ha muerto. Está ahora en tu PC.

¡Ya no hay límites!, dice el entusiasmo de la belle époque digital. A través de cientos de miles de cables, antenas, satélites, redes y conexiones, nos adentramos en el supermundo de la globalización total, donde no hay más imperativo que la experiencia individual. Y los controladores, los censuradores, los que ponen los límites, se han quedado fuera. La Internet de hoy y la del futuro nos hará regresar a un tipo de socialidad más libre, más democrática, más feliz. Nos hará vivir la plenitud del contrato social.

Pero Zaratustra se ha equivocado nuevamente. No ha sabido ver que los muros son ahora virtuales, levantados sobre bits y sobre la experiencia desastrosa de la cultura secular del capitalismo que no ha cedido ni un ápice en sus reglas estrictas de la ley del valor. Los nuevos muros virtuales están por reconocerse, y otra vez más por derribarse.

Entre la épica y el melodrama

Es inevitable la constatación de que existen aún muchas más preguntas que respuestas ofrecidas por las ciencias sociales con respecto a los impactos de las tecnologías digitales en el conjunto del cuerpo social, pues constituyen todavía hoy una zona de conocimiento escasa y desigualmente explorada, entre otras causas porque se trata de un campo de estudio de una juventud indiscutible.

“Las escisiones que hoy separan a las ciencias sociales ocurren, en gran medida, entre quienes buscan armar relatos épicos con los logros de la globalización (la economía, cierta parte de la sociología y la comunicación) y los que construyen narraciones melodramáticas con las fisuras, las violencias y los dolores de la interculturalidad (la antropología, el psicoanálisis, la estética)”.[1] El encuentro con las profecías macluhianas acerca de la existencia de la “aldea global” a finales del siglo xx, han vuelto a revelar las ya clásicas posiciones –descritas con excelencia por Umberto Eco– que asumen apocalípticos e integrados ante las nuevas tecnologías y sus potencialidades como factor de cambio social.

Existen hoy tres orientaciones básicas desde las que se pondera el impacto social de las nuevas tecnologías de la comunicación:

  • una primera perspectiva admite las fracturas que provocan estas tecnologías, pero al mismo tiempo argumenta que cualquier mutación del cuerpo social está ligada preferentemente a factores de carácter económico. Aquí se instalan, en una posición polar, las lecturas mecanicistas de un cierto “voluntarismo materialista” que desdeña la cultura como espacio de primer orden en la recreación del statu quo y supone en todo caso la necesidad de radicalizar las rupturas en el ámbito de la existencia material, de la actividad concreta, humana y social, como el único campo desde donde es pertinente proponerse la conquista del cambio;
  • una segunda mirada ofrece el testimonio vívido de una transformación civilizatoria, cuyo eje fundamental radica en esta revolución tecnológica (remite a la revolución de la máquina de vapor, y a la de la electricidad y se habla hoy de la sociedad informacional o el poshumanismo, como entonces se habló de la sociedad industrial). La nueva ola tecnológica tendría una efectividad de tal grado que podría conducir a la modificación radical de las bases sociales y de poder. Es aquí donde encuentran su mejor espacio las lógicas de un “voluntarismo idealista” dentro de las cuales se dibuja como eje teórico clave la convicción de que actuando debidamente sobre la producción y la difusión de la cultura y la ideología pueden lograrse cambios de envergadura en la estructura social. Cambios de “progreso”, entendido este sobre las bases de la herencia del iluminismo, y
  • una tercera perspectiva ni minimiza ni sobrevalora estos impactos de las nuevas tecnologías. El paradigma de las mediaciones,[2] se presenta como el único desde donde se puede investigar y lograr acercamientos complejos a la circunstancia actual donde quizás se juega el destino de la sociedad humana que conocemos.[3]

Hoy nos encontramos ante un verdadero boom de reflexiones sobre el periodismo electrónico, digital, ciberperiodismo, periodismo multimedia… o cualquier otra variante de denominación.[4] Es fácil hallar decenas de artículos y miniensayos de alto nivel y de múltiples signos, en la propia Internet, utilizada como tribuna de expresión y contacto entre las personas interesadas por temas como este y comprometidas con el futuro de la red, dentro o fuera del sector académico, y también con el futuro de la profesión periodística.Las ideas sobre qué es ser periodista, cómo se aprende a serlo, cuál es la función social del periodista y del periodismo, cuáles deben ser las normas éticas que deben regir su quehacer, entre otras, están sujetas hoy a un debate particularmente prolijo a partir de la constatación de que los modos específicos de producción de hipertextualidad e hipermedialidad en Internet provocan desmontajes y nuevos engranajes de los procesos productivos, en las rutinas del llamado teletrabajo, y las funciones sociales del periodismo, en las ideologías y la cultura propia de la profesión.Durante las décadas del 70 y 80 se realizaron estudios sociológicos sobre los emisores y sobre los procesos productivos en las comunicaciones de masas, centrados con mayor frecuencia en los productores de noticias. Los análisis de los Estudios de Newsmaking han dado cuenta, sobre todo, de “los niveles más bajos de las operaciones productivas de los media (…)”.[5]Es decir, existe conocimiento acumulado sobre las fases y operaciones básicas del proceso productivo de la prensa, sobre cómo se realiza la búsqueda, selección, jerarquización y presentación de la información, cuáles son las determinaciones que estos procesos tienen en la “construcción de la realidad”.Los Estudios de Newsmaking posibilitaron reconocer cómo opera el agregado de “distorsiones involuntarias” de la realidad que los medios periodísticos continuamente suministran a los públicos. Es por ello que constituyen una fuente esencial, un punto de partida magnífico para asomarnos hoy a la situación del periodismo digital frente a la utopía del cambio social. Pero aún tenemos que reconocer que “los niveles más altos de la planificación económica y de la programación política [de la prensa] permanecen prácticamente inexplorados (…).”[6]Algunas características generales de la prensa digitalHagamos nuevamente una descripción de algunas características generales del periodismo en Internet para facilitar la exposición de las ideas sobre la función o las incapacidades que tendrá este “nuevo” periodismo para propiciar la “nueva” democracia.Quizás una de las mayores y más graves transformaciones que trae consigo la práctica del periodismo digital, inserta dentro de las lógicas de la conocida “sociedad de la información” en un contexto global, sea la propuesta de un cambio radical del paradigma comunicativo, tradicionalmente basado en la bipolaridad, la unidireccionalidad y la asimetría más rotunda (Emisor – Mensaje – Receptor).

Internet ha sido concebida y utilizada como una gran red de redes cuyas distinciones más reconocidas son la horizontalidad, la multidireccionalidad, la descentralización y la interactividad. Estas características suponen que cualquier producto comunicativo “colocado” en este nuevo soporte, se beneficiará inmediatamente también con las cualidades de este. La prensa digital, basada en la plataforma de la World Wide Web, tiene marcas de identidad desde el punto de vista formal –de accesibilidad, de diseño, de presentación de contenidos–, y también desde el punto de vista del proceso productivo. Se trata de una síntesis de medios, que supone la experimentación total: texto, sonido, imagen fija, imagen móvil y enlaces diversos.

Hablamos de un medio múltiple y de cierre continuo, es decir, con posibilidades de actualización constante. Esta última característica enunciada amenaza incluso la denominación de “periodismo”, toda vez que la periodicidad está determinada ahora básicamente por los ciclos productivos y no ya por la tecnología misma de la producción.

Mundo digital

Podríamos intentar el juego de las predicciones sobre lo que deberá tender a ser el periodismo digital, en qué aspectos este nuevo periodismo podría modificar la práctica del periodismo tradicional:

Será posible una mayor diversificación de las fuentes: la red permite el acceso rápido y efectivo a un número mayor de fuentes, a los agentes sociales directamente implicados en el acontecer. Según la lógica de la prensa tradicional, muchos de estos actores sociales quedan marginados por su escasa o nula posibilidad de inserción en los circuitos clásicos por los que fluye la información. Internet posibilita la diversificación de las fuentes no sólo por el uso de la www, sino también de otras modalidades como el correo electrónico, los foros de discusión, el chat. Internet permitiría evitar lo más posible la llamada “tiranía de las previsiones”, o el conocido dietario, en la medida en que se manejan fuentes cada vez más diversas; permite tomar alguna distancia de los modos típicos de suministro de la información por parte de las fuentes oficiales, y de las agencias de prensa internacionales.

Deberá intentarse un incremento de la necesidad de interpretación: la información será interpretada con más frecuencia. Los géneros de opinión deberán ser la marca distintiva de estos nuevos medios, que comparten el espectro de difusión de información con los medios tradicionales, hábiles en la entrega de noticias, pero menos interesados o posibilitados para el análisis, la reflexión, la síntesis de ideas. La necesidad de interpretación demanda al mismo tiempo mayor background, no sólo para el redactor, sino para todo el equipo, e información digitalizada que permita soportar la lógica de la hipertextualidad, como herramienta fundamental para ofrecer información compleja y lo más completa posible. Esta concepción remite a la necesidad de más tiempo en la elaboración y preparación de los materiales sin que se comprometa el criterio de cierre continuo. Supone además la necesidad de trabajo en grupo, la utilización de herramientas informáticas útiles para la gestión de la información en cada caso y alto nivel de experimentación para adecuarse a cada una de las diversas exigencias que aporte tanto la calidad de la información como los usuarios mismos.

Las nuevas condiciones de trabajo llevarán a un incremento de la especialización: el número de accesos o entradas que logre un sitio web, no significa necesariamente el único patrón de valoración, ni siquiera el más importante, sobre el éxito y la calidad de los medios digitales dedicados al periodismo. Con estos nuevos medios no se trata necesariamente de capturar audiencias numerosas que provean a la publicación de avales necesarios para la inserción y cobro de la publicidad,[7] sino sobre todo de lograr lealtad, públicos definidos, conocimiento sobre el perfil de esos públicos, y posibilidades máximas de interactividad con el objetivo de satisfacer las necesidades específicas de esos segmentos de usuarios. Es entonces definitorio el perfil editorial especializado que puedan llegar a tener las publicaciones. A lo anterior se yuxtapone el hecho de que más que la competitividad entre los medios, exista la complementariedad de las informaciones que puedan proveer varios de ellos. Y la profundidad de la información.

Pero todas estas marcas de identidad pertenecen, todavía hoy, más al deber ser que a la realidad más común que se encuentra en los medios que han saltado a la red. A todas estas nuevas posibilidades se les están oponiendo influencias de los modelos de la cultura profesional anterior que corresponde a la producción periodística para y con los medios tradicionales:

  • La estructura empresarial de los medios: grandes empresas de carácter lucrativo, que funcionan según las lógicas de las grandes industrias del entertainment, marcadas por fuertes compromisos de competitividad. Basta reconocer desde una perspectiva crítica de qué manera la naturaleza del sistema de comunicación pública que conocemos hasta hoy ha sido rehén de las lógicas del mercado y ha impuesto a los contenidos y las formas sellos distintivos de esas lógicas de comercialización, que en la mayoría de los casos han tenido que conducir a la estandarización de la producción informativa, a la homegeneización de los públicos, a la vanalización de los contenidos y a la gerenciación y el clientelismo ideológico.
  • Periodismo donde prima la rapidez antes que la calidad y tendencia a la espectacularidad en la información. El modelo de la prensa amarilla, que vio la luz a finales del siglo XIX en Estados Unidos bajo el liderazgo de personajes tan conocidos como Hearst y Pulitzer, se convirtió en el modelo paradigmático de la actividad periodística. Las grandes rotativas capaces de imprimir en menos tiempo millones de ejemplares, la impresión de fotografías, el tratamiento tipográfico osado y el uso de la información cablegráfica que aportaban las agencias de prensa de entonces, constituyeron las ganancias más relevantes que la tecnología ofreció a aquel nuevo periodismo. Se instituyó con él la comunicación de masas. Y se consagraron los criterios de la competitividad, la rapidez y la simplicidad. Desde entonces y hasta hoy el periodismo a sabido ceder espacio como vehículo de generación y propagación de un debate social profundo.
  • La convivencia de la publicidad y la información convierte a la entidad periodística en un organismo bicéfalo donde los intereses empresariales pueden llegar a oponerse a los intereses meramente periodísticos o informativos. Los directivos de las grandes empresas mediáticas ya no son periodistas. Vienen de escuelas de management. Ante el mundo digital esta situación lejos de aligerarse, se enquista más aún. Tradicionalmente existían tres esferas más o menos autónomas en la generación de contenidos y en la implementación de retóricas especializadas. Por un lado, la información (de actualidad, diz que objetiva), trabajada por los periodistas; la publicidad, las relaciones públicas y la propaganda, responsabilidad de comunicadores; y el puro entertainment (dedicado supuestamente a la ficción), para el cual un aparato especializado de personal y medios elaboraban contenidos, independientemente unos de los otros. Pero por una parte la superconcentración de las empresas de comunicación, y por la otra la hipermedialidad y la interactividad que permite Internet, provocan que estas tres esferas se estén fusionando, no sólo ya desde el punto de vista de la presencia en un único soporte, sino también en la producción misma de los contenidos. Y por último, la esfera de la publicidad succiona al resto de las modalidades de la comunicación pública. En este proceso la publicidad impone su apego a la relación oferta-demanda y también su retórica de la simpleza. Ignacio Ramonet nos ha recordado cómo se hace cada vez más común la expresión sencilla, la síntesis, la brevedad, los títulos de shock, y cómo incluso en el cine aumentan los planos cortos en las películas y desaparece el plano secuencia. Se establece un discurso infantilizado. Se impone el abordaje y la exposición de los sentimientos antes que los razonamientos. Las guerras se narran como los “cuentos” de la guerra, para distraer. Y se produce también una serialización de las noticias del mismo modo en que las teleseries nos presentan la consumación de los amores imposibles o las sagacidades del viejo policía.

Tecnoutopía, ¿la nueva democracia?

En las sociedades capitalistas modernas, el periodismo ha estado en el centro de las interacciones y planteamientos sobre el ideal y la práctica democrática. Ha tenido un lugar destacado en la proyección programática del capitalismo como sistema. Bastaría con recordar tan sólo la mitificación expuesta por las teorías del “cuarto poder”, y de la prensa como “perro guardián”. O pensar en la más conocida de todas las enmiendas agregadas a la Constitución de los Padres Fundadores: la primera, aquella en que se refrenda la libertad de expresión y de pensamiento como demanda básica del poder republicano realmente democrático. La democracia, desde la óptica del liberalismo burgués, basada en la existencia “natural” de la propiedad privada y también de la expropiación histórica, deja sin resolver limitaciones graves para la libertad. Incluso para aquella libertad con que soñaron, no ya los bolcheviques de 1917, sino antes, los hijos de la patria, en la Bastilla.

Pensar el mundo digital demanda nuevamente una reflexión crítica de cómo se estructuran las relaciones de poder. El periodismo ha sido y es una actividad especializada que busca comportarse como mediador entre los actores sociales en su acción ciudadana, y por eso mismo se realiza en sus funciones políticas. El periodismo tradicionalmente ha servido de puente para poner en contacto las esferas de lo público y lo privado,[8] para negociar, dentro de las reglas de la ciudadanía, las cuotas de poder asignadas o conquistadas por esos actores.

Existen tendencias muy fuertes a glorificar ahora la posibilidad de que, a través del mundo digital, se puedan superar los desequilibrios en la representación y participación política que se han constituido e intensificado en la historia del mundo real. Pero muchas razones nos llevan a pensar que esa función salvadora asignada también a la prensa digital constituye una ilusión reciclada.

Se trata probablemente de la nueva utopía, de un idealismo certeramente trabajado desde la óptica de los que distinguen en primer plano las modalidades de la relación social y olvidan, también de manera intencionada, el contenido y la naturaleza de esas relaciones sociales. Los relatos “épicos” que se articulan ahora sobre los impactos de estas tecnologías en función del cambio, buscan oponer la sociedad de donde venimos, harto imperfecta, a la sociedad hacia donde vamos. Se nos promete un más allá digital y en última instancia, se nos convoca a no pensar tanto en el más acá de nuestra existencia real. Esta puede ser también sin dudas, una forma magnífica de desmovilización del pensamiento y la actividad crítica.

Tecnoutopías

Durante la década de los años 80 se difundieron todas las versiones del llamado pensamiento posmoderno y las teorías sobre la posmodernidad, colchón ideológico de la algarabía neoliberal. Fue el momento de la ola expansiva del capitalismo desarrollado y la época de cierre de la alternativa que representaron las sociedades del bloque socialista. Ante el triunfo vigoroso y rotundo del liberalismo se habló del fin de las ideologías y de los metarrelatos, y se enarboló la crisis de las soberanías e identidades. Ya no tenía sentido defenderlas en un mundo de interconexiones y homogenización cultural.

La nueva época prometía el fin de los totalitarismos, mientras se erigía el mercado como el nuevo Emperador. La información se presentaba como la mayor fuente de riqueza, capaz de ser generada y aprovechada de forma global. Las inequidades quedarían resueltas todas a través de ella. Las posibilidades de acceso universal a la información valorizada que ofrecían las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación, permitirían irreductiblemente lograr horizontalidad y justos reacomodos en las estructuras de poder.

Pero fue entonces, y todavía es, una manera un tanto cínica de enseñar cómo se les debe arrebatar a los poderes típicos de la sociedad industrial, sus herramientas de dominación. O mejor dicho, y esto es más paradójico aún: fue la forma en que esos mismos poderes revelaron su pacífica y ecuménica actitud de ceder esas herramientas de dominación y anularlas como tales. No hubo nada que conquistar. La nueva sociedad, interconectada, comunicada, “puesta en común”, reestablecería naturalmente la solidaridad, a través de esas tecnologías. “El concepto mismo de jerarquías centralizadoras es un anacronismo en nuestro mundo fluido, sumamente dinámico y dotado de redes, un resto anticuado del pensamiento decimonónico.”[9]

El planteamiento de lo “anticuado” es cómodo cuando no se ve la consustancialidad entre esa jerarquización centralizadora y los valores más notables de la sociedad en que desenvolvemos nuestra actividad. Internet se presenta como el escenario más ejemplar donde las anteriores tensiones quedan supuestamente diluidas. Y sin embargo, más allá de lo que representa la distribución desigual en el acceso y uso de esta tecnología,[10] podríamos tratar de comprender cuándo, de qué modo y por qué se replican en la red también lógicas de gran calado de una sociedad de dominación, no de liberación.

Y ojalá pudiéramos decir “todavía” se replican.

Abril de 2001

Notas

[1] Néstor García Canclini. La globalización imaginada,Piados, México, 1999, pp. 34-35, cit. por Raúl Fuentes Navarro. Educación y telemática, Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 2000, p.35.

[2] “La mediación pretende ofrecer un paradigma adecuado para estudiar todas aquellas prácticas, sean o no comunicativas, en las que la conciencia, las conductas y los bienes entran en procesos de interdependencia” (…) “El paradigma de la mediación es un modelo que trabaja con intercambios entre entidades materiales, inmateriales y accionales. Esta especificidad explica que recurra a análisis lógicos, y que cuando se aplica a procesos históricos, se apoye en una lógica dialéctica y genere modelos dialécticos.” en Manuel Martín Serrano. La producción social de comunicación.Alianza Editorial, Madrid, 1986. p. 23. Ver también del mismo autor: La mediación social. Akal, Madrid, 1976, 1978, 1980.

[3] En los últimos años, y en diversas latitudes, existe la voluntad de ordenar y ofrecer sistematicidad al campo de estudio de las nuevas tecnologías relacionadas con los procesos de comunicación pública, pero por muy variadas razones esta voluntad se paraliza o retarda: en primer lugar, por la incuestionable asincronía entre los cambios tecnológicos y la reflexión científica –la velocidad actual de la renovación tecnológica se vuelve inalcanzable–; en segundo lugar, por el predominio de investigaciones de carácter administrativo con una fuerte tendencia a dar soluciones a problemas puntuales, según las lógicas del mercado; en tercer lugar, y derivada de la anterior, por la existencia de mucha información secreta recopilada y analizada para entidades privadas, (información que no está en Internet); en cuarto lugar, una dificultad que se agrega al investigador social: la difícil relación con el conocimiento tecno-científico, vinculada también con la resistencia que hacemos al conocimiento transdisciplinar. Pero estas son solo algunas de las dificultades reconocidas. “Creemos no pecar de exagerados si afirmamos que el fenómeno de las telecomunicaciones, en particular, y de las tecnologías para la información y comunicación, en general, no constituyen objetos fundamentales de análisis, como fenómenos sociales.” Ver: Santiago Lorente Arenas y Teodoro Hernández de Frutos. “Sociología de las telecomunicaciones. Teorías y líneas de investigación”, en Telos. Cuaderno central. Sociología, comunicación y nuevas tecnologías,no. 22, Madrid, junio-agosto, 1990.

[4] Prefiero mantener la denominación de periodismo digital, aunque comprendo los múltiples motivos por los cuales se puede considerar este, o cualquiera de los demás términos expuestos, imprecisos aún.

[5] J. Halloran. “The Communicator in Mass Communication Research”, The Sociological Review Monograph, n. 13, p. 7, cit. por: Mauro Wolf. La investigación de la comunicación de masas. Ed. Paidós, Barcelona, 1987.

[6] Idem.

[7] “Un estudio realizado por International Data Corporation concluye que el volumen de ventas a través de Internet alcanzará en el año 2000 alrededor de $ 850 billones de dólares en todo el mundo. De acuerdo a la misma fuente, en los próximos cuatro años el crecimiento de los ingresos por ventas en Internet crecerá en un 92,4%. Esto se explica si se toma en cuenta que para fines del año 2002 el número de usuarios de Internet, en todo el mundo, será de 320 millones y de 1 000 millones para finales del año 2004” Ver: Franz del Pozo. “¿Cómo se hace publicidad por Internet?”, en Chasqui, no. 70, junio 2000. Disponible en http://www.chasqui.com/.
“Después de crecer a una tasa anual compuesta del 103% a un estimado de 8 mil millones de dólares el año pasado, se espera que el gasto de publicidad online en el año 2001 sea totalmente plano. En 1999, los principales 100 anunciantes de Estados Unidos gastaron un total de 25 mil millones de dólares en televisión, 7 mil millones de dólares en revistas, 6 mil millones de dólares en periódicos, y 481 millones de dólares en carteleras. Pero, de acuerdo con Advertising Age, gastaron apenas 364 millones de dólares en la Net, menos del 10% del total de 4,6 mil millones de dólares gastados en avisos publicitarios en la Web ese año” Ver: Devin Leonard. “Madison Avenue versus la red”, en Fortune Las Américas, febrero 4, 2001. Disponible en http://www.cnnenespanol.com/.

[8] Uno de los “muros” más eficientes que ha podido levantar la modernidad es precisamente esta división estricta entre las esferas de lo público y lo privado, sometiendo al hombre moderno a la angustia de una dualidad en continua discrepancia. El ciudadano existe y actúa en las dos esferas de forma natural, pero tendrá que vérselas siempre con este “muro”. Un límite más que lo disciplina y lo conduce a acatar. Uno de los mayores atractivos del entorno virtual es que parece como si se diluyera la distinción entre estas dos esferas.

[9] ONU. Asamblea General. Nosotros los pueblos: la función de las Naciones Unidas en el siglo xxi. Informe del Secretario General, marzo de 2000, p. 8.

[10] La desigualdad en la recepción de los beneficios que ofrecen estas tecnologías (solo 2,7 por ciento de la población mundial navega por Internet, mientras que en Estados Unidos se concentra el 82,7 por ciento de ese universo), constituye una forma de reflejo de algunos de los mecanismos a través de los cuales se perpetúa el estado en que unas culturas preteridas siguen siendo dominadas por “otros culturales”. Ver: Aníbal Ford. La marca de la bestia. Identificación, desigualdades e infoentretenimiento en la sociedad contemporánea. Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 1999. “Bajo el estímulo de criterios de mercado, las nuevas tecnologías de información, a pesar de todas sus características y potencial estimulantes, acaban por facilitar las actividades y ampliar la influencia de los elementos ya dominantes dentro del orden social. Al mismo tiempo, la costumbre de tratar la información como un lujo, consecuencia de aplicar criterios de mercado a la misma, presagia una exacerbación de viejas injusticias en nuevas modalidades”. Ver en: Herbert I. Schiller. El poder informático. Imperios tecnológicos y relaciones de dependencia. Gustavo Gili, México, 1983.


El día en que Martí murió

octubre 2, 2009

Fue un siglo después, la misma escena. Mística: un caballo blanco tomaba agua en la ribera del río, aprovechando los restos húmedos del Contramaestre agotado ya para entonces por la fiera sequía finisecular del xx petrolero.

Fue en 1995: la misma escena y el mismo dolor.

Martí había tenido que atravesar ese que fuera en sus días un gran caudal, por el paso de Santa Úrsula, un bajo que permitía a los animales cabalgar y a los hombres no ser arrastrados por la corriente. Él deseaba despedirse de Rosalío Pacheco y se apartó de la tropa antes de seguir rumbo a Camagüey, a la constitución republicana en armas, para ver “al país como país, con toda su dignidad representado”. Sandoval lo sorprende. Máximo Gómez no llega a tiempo.

Cien años después, en una concurrida y ruidosa sala, dos ancianos se sientan discretamente a esperar el momento de la partida. Iríamos a Dos Ríos, al obelisco, al lugar de su muerte.

Muerte de Martí en Dos Ríos, Carlos Enríquez

Muerte de Martí en Dos Ríos, Carlos Enríquez

Los ancianos lo presintieron al amanecer del 19 de mayo de 1995:  otra vez,  inevitable y renovada en el tiempo y el sentimiento, sobrevendría la fuga permanente de la vida física, el dolor del hombre amadísimo, la consagración del héroe.

Ella, tierna, como filigrana; él, paciente y grave. Abstraídos del mundo de los otros, concentrados en una tristeza íntima, en silencio. Habían vivido lo suficiente como para vivir también el día en que el otro moría –un siglo atrás. Cien años después.

Lo que más me duele, me dijo él, es pensar que una bala española le atravesó la lengua. La lengua, el verbo… La palabra de Martí era destrozada por una violencia innoble que no reconocía el amor de quien había proclamado en versos: “para Aragón en España tengo yo en mi corazón, un lugar todo Aragón, franco, fiero, fiel, sin saña”.

Lo que más me duele…, me dijo él, y lloró calladamente.

El anciano lloraba con una angustia esencial el día en que murió Martí, como si no alcanzaran los cien años transcurridos para aliviar el dolor de la tragedia. El anciano lloró como si solo ayer su amigo, su padre, su hijo, se hubieran extinguido.

Cintio Vitier se lloraba a sí mismo también aquella mañana; vivía su duelo por amar a quien le fuera cercano e inasible; su desconsuelo por no poder salvarlo más.

(A propósito de la muerte de Cintio Vitier, el 1 de octubre de 2009)