Archive for julio, 2009

Facebook

julio 18, 2009

“Yo me resistía y me resistía”, me dijo Migue ayer. Y en eso coincidimos. Yo también he tratado de evitar Facebook casi por instinto, sin tener racionalizados totalmente los motivos que me han hecho posponer hasta hace apenas unos días mi “integración” al falansterio virtual más enorme que pueda haber existido.

FacebookHablando sobre esto, Migue y yo descubrimos que teníamos quizás los mismos escrúpulos, sintetizables en el temor a la pérdida fatua de tiempo en Internet, sumado a la inocente “entrega” de datos personales a todos y a la CÍA.

Pero al encontrarnos ayer en la pantalla: él convertido en una fotico y yo en otra; después de tantos años de no vernos: él emigrado y yo en la Isla, nos confesamos la gratitud enorme que sentimos por este artilugio de la web 2.0.

“Cuando regresé de Cuba en noviembre me hice Facebook, y me cambió la vida, literalmente. Recuperé mi pasado”, me dijo.

Ahora que más de la mitad de nuestros amigos y un número importante de nuestros conocidos ya no viven en La Habana; ahora que cuesta más mantener nuestras redes íntimas de afectos, tejidas con la vida; ahora que no se sabe nunca quién será el próximo en “desprenderse” del espacio físico cubano, Facebook hace mejor su papel.

No obstante, y para recordar que los cierres vienen en todas direcciones, hoy Mark Zuckerberg me impidió mandarle una florecita a mi amiga Annia por su cumpleaños.

Al parecer, luego de detectar mi IP, decidió sumarse al bloqueo económico contra los cubanos e interrumpió mi florido envío para advertirme que “esta acción no puede completarse debido a restricciones de comercio internacional”.

Mundo de mierda.

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El silencio

julio 13, 2009

Un amigo, veterano esposo de su esposa, con quien ya ha tenido tres hijos nacidos a la sazón del Período Especial cubano, me aclaró un día la causa de su éxito en lograr familia duradera: saber callar, me dijo, cuando es necesario.

SshhhhhhhhhhhContener la lengua, la opinión, la ira… Dejar que el tiempo aclare y que todo tome unas dimensiones más realistas, para que los desencuentros no parezcan tragedias insolubles, y para que una palabra mal ubicada no pueda desatar un vendaval indetenible luego.

Desde entonces he tratado de aplicar su razón. Pero no solo he comprobado su utilidad en la convivencia amorosa.

Sospecho que las sociedades también necesitan sus silencios, y los practican sin siquiera darse cuenta de que lo hacen. Se represan emociones, angustias, ansiedades, peticiones. Se dejan para después, buscando no equivocarse de forma fatal.