Un amigo, veterano esposo de su esposa, con quien ya ha tenido tres hijos nacidos a la sazón del Período Especial cubano, me aclaró un día la causa de su éxito en lograr familia duradera: saber callar, me dijo, cuando es necesario.
Contener la lengua, la opinión, la ira… Dejar que el tiempo aclare y que todo tome unas dimensiones más realistas, para que los desencuentros no parezcan tragedias insolubles, y para que una palabra mal ubicada no pueda desatar un vendaval indetenible luego.
Desde entonces he tratado de aplicar su razón. Pero no solo he comprobado su utilidad en la convivencia amorosa.
Sospecho que las sociedades también necesitan sus silencios, y los practican sin siquiera darse cuenta de que lo hacen. Se represan emociones, angustias, ansiedades, peticiones. Se dejan para después, buscando no equivocarse de forma fatal.




