La web que ya llegó

diciembre 11, 2011


Autora: MSc. Milena Recio

Hace solo unos días fue noticia un nuevo pronunciamiento, sin dudas ya histórico, de quien fuera el padre del concepto web 2.0, allá por 2004. Me refiero, por supuesto, a Tim O’Reilly. De forma casi unánime las secciones de tecnología en la mayoría de los diarios digitales de Iberoamérica dieron espacio a las revelaciones de O’Reilly durante un congreso en Madrid la semana pasada.

Esta vez el gurú pronunció la abdicación de su criatura. “Creo que la idea está obsoleta”, dijo, refiriéndose a la web 2.0, este término-marca, esta seña de nuestro tiempo, que todavía nos está convocando hoy, por cierto, en esta sala.
O sea, el neo-evangelista, que consiguió imponernos una visión portátil de nuestra realidad, con una síntesis magistral del contexto socio-tecnológico en el que se estrenaron los años 2000 en Internet, nos deja otra vez a merced de una nueva era.

Ante esto, debemos reconocer que algunos demoraron tanto en comprender de qué se trataba la web 2.0 que ya no queda sino ir a saltos y apresurarse en asumir lo que O´Reilly ahora denomina como “web de los sensores”. Nótese que se escribe con “S” y no con “C”, por favor.

La web 3.0: la conquista de una “mente global”

La noción web 3.0 hasta ahora asociada fundamentalmente a trabajos como los de Tim Berners-Lee y el W3C para promover una web semántica, ha sido reconquistada en función de una alegoría mucho más amplia.

O´Reilly nos habla de que en la nueva generación web, “los datos pasan a ser movidos por dichos sensores en lugar de por las personas”. Habrá, dice, “muchas herramientas capaces de recopilar grandes volúmenes de información que permiten además almacenarlos en bases de datos y subirlas a una nube”.

Será la consagración de la soñada simbiosis hombre-máquina, o lo que algunos observadores llaman la Internet de las Cosas: carros que me llevan a donde voy sin que haya que conducirlos, smartphones que toman decisiones por mi, haciendo reconstrucciones inteligentes de la información que nos es útil cotidianamente y que puede ser extraída de las nubes informacionales, etc…

Aplicaciones como Siri, advirtió O´Reilly, son solo la punta del iceberg.

O´Reilly afirmó además en Madrid que los servicios en Internet harán desaparecer a los contenidos digitales como los conocemos hoy. La web en Internet deja de ser vitrina de exposición para convertirse en un espacio donde “corren” aplicaciones que permiten servicios informacionales de muy diverso tipo a partir de la conexión con una gran diversidad de dispositivos de la vida cotidiana. Internet, devenido así prácticamente un sistema operativo, no será más un cajón en el que depositar palabras, imágenes y sonidos.

Los futuribles

Hay que tomar en serio esto que dice O´Reilly no porque haya que creer en profetas, sino porque debemos partir de la certeza de que hombres como este hablan sobre el futuro solo cuando ya lo han construido.

Unos pocos días antes de morir Steve Jobs presentó su última innovación de altos kilates: el iCloud, que permite compartir los contenidos que se gestionan con iPhone, iPod Touch, iPad, Mac y hasta PC, de manera que se pueda acceder a ellos con independencia del dispositivo y disponer siempre de su versión más actualizada.

“Vamos a degradar al PC o al Mac a ser sólo un aparato más. El centro de tu vida digital estará ahora en la nube”, decía Steve Jobs. “Algunas personas creen que la nube es un disco duro en el cielo” (…) “Creemos que es mucho más que eso”, dijo Jobs en la Conferencia anual de Desarrolladores de Apple.

“Más que PC-Free, esto es USB-Free”, reza un promocional de Apple.

iCloud es una constatación de que el futuro ya está aquí, y viene a caballo de nuevos paradigmas a través de los cuales se tamizará toda acción pública o privada, política o civil, económica o altruista, fascista o humanista que se realice a través de la red de redes.

En muy pocos años vamos a “vivir” algunos grandes cambios, según nos comentan en el informe Internet dentro de 15 años, en 2025, promovido por Cisco System y el Global Business Network (GBN), considerada la consultora de escenarios más importante del mundo:

  • Predominio de redes de banda ancha inalámbrica. El audiovisual será el lenguaje rey o por lo menos corregirá la distancia que hoy lo separa del lenguaje verbal.
  • Un aumento considerable de la cantidad de “conectados” y la consiguiente disminución de la brecha digital por ese concepto. Sobrevendrán las diferencias en cuanto a la calidad de los servicios y los contenidos. Eso sí.

    Bautizado como O3b Networks (Other 3 billion, otros 3 000 millones, la mitad de la población mundial), el proyecto para conseguir un Internet global se basa en el lanzamiento de una constelación de satélites en órbita ecuatorial. Los primeros ocho artefactos se lanzarán en 2013.
    Con un presupuesto de 1 200 millones de dólares, O3b está impulsado por la Sociedad Europea de Satélites (SES), con un 30% de la inversión, Internet Google, el banco SHBC y Liberty Global, entre otros.

  • La emergencia absoluta de dispositivos móviles, y la decrepitud de las interfaces comandadas por el teclado QWERTY. Aparecerá una combinación de sistemas de reconocimiento de voz, biosensores, interfaces mediante gestos, versatilidad táctil y otras tecnologías que permitirán introducir datos y comandos sin necesidad de recurrir a las teclas.
  • Los miembros de las generaciones nativas digitales para entonces, interactuarán con Internet como parte del entorno en el que se desenvuelven; Internet será casi como una prótesis de sus propias aptitudes cognitivas; sin notarlo ni pensar en ello. La noción de “conectarse” podría incluso desvanecerse casi por completo.
  • La expansión de la conectividad inalámbrica también dará paso a nuevas fórmulas de pago para acceder al Internet, como por ejemplo el pago por servicios que conllevan la conectividad y no al revés.

En este contexto, y no de espaldas a él o creyéndolo fantasioso; en este, en el que cada vez más se habla de f-commerce, social TV, cloud computing y serious games, debemos construir nuestras posibilidades de éxito.

Nuestros no son los dispositivos, ni las pasarelas por donde transcurre todo este torrente tecno-innovador. Pero nuestro sí es el uso social con sentido que podamos hacer desde perspectivas libertarias: es decir, la traducción de los usos previstos desde el mercado para estos “cachivaches” a las necesidades desde las que tejemos nuestra vida social y nuestras ambiciones ideopolíticas.

Una mínima agenda para asumir la web “supersocial” que ya llegó

  • Lo más urgente es comprender que Internet no es un medio, es un fin en sí mismo. Es un espacio-extensión de nuestra vida física, no un mero canal de comunicación. Para ese espacio no destinamos “cosas”, en ese espacio construimos “cosas”, fundamentalmente relaciones sociales, basados en la data que emerge de nuestras vidas cotidianas.
    En términos de comunicación, esto significa que los enfoques cuantitativistas acerca de “multiplicar nuestro mensaje”, deben ser superados por el criterio de “compartir nuestro mensaje”. Compartir requiere necesariamente horizontalizar la relación, despojarnos de una actitud misionera, iluminista, egocéntrica; trascender una visión trasmisiva del acto comunicacional.
  • La ubicuidad y calidad de la conexión futura nos complejiza cada vez más la tarea, nos reta. Mayor acceso significará también más oferta informativa ¿Cómo manejar esa sobreabundancia que es ya hoy inmanejable? ¿Cómo hacernos dueños de la atención de las personas? Se impondrá la urgencia de generar servicios antes que contenidos. Dentro de los servicios, y como consecuencia de ellos, los contenidos deberán emerger como un bien común. No es una utopía la inteligencia nacida de la interacción colectiva. Es ya una realidad desde los muchos ejemplos de la web 2.0 que mucho se aviene, por cierto, con los mejores ideales democratizadores que podamos defender.
  • Las batallas políticas, en la sociedad global, que se construye a sí misma también a instancias de esta web 3.0 que se nos viene encima,  ya no discurrirán mayoritariamente entre grupos élites, entendidos en las artes de la diplomacia, el discurso mediático o la tradición politológica.

Cada vez con mayores recursos intelectivos, tanto los migrantes como los nativos digitales, interpelaremos a nuestros representantes y avanzaremos con identidades propias y absolutamente diversas.

En la esfera política, hay que incitar al “otro” para que participe tanto como nos gustaría participar a nosotros. Hay que adecentar la política permitiendo que se convierta en asunto de interés popular y fomentar en Internet los espacios de deliberación que permitan la construcción ciudadana.

 Ponencia leída en el Taller Internacional “Los medios alternativos y las redes sociales, nuevos escenarios de la comunicación política en el ámbito digital”, 29 de noviembre de 2011. Palacio de Convenciones, La Habana


diciembre 9, 2011

“Alternativizar” la comunicación

agosto 1, 2011

La Jiribilla de Papel 90

A continuación reproduzco el texto que leí en la presentación del número 90 de La Jiribilla de Papel, el día 19 de julio de 2011, en el Pabellón Cuba. Como La Jiribilla lo publicó luego en su web, e incluso le puso un título llamativo e interesante, lo reproduzco aquí también, como “constancia”.

Lo voy a decir —porque es sincero—, aunque sea uno de los más comunes lugares comunes de que se tenga noticia: que me halaga que nuestros amigos de La Jiribilla hayan pensado en mí para presentar este número 90 dedicado especialmente a los medios digitales como plataformas liberadoras en nuestras sociedades.

Sin más preámbulos, y considerando mi rol esta tarde, desde ahora mismo les digo a toda voz que no pueden dejar de llevarse una de estas “jiribillas” bajo el brazo.

No podía llegar en mejor momento esta edición dedicada a los asuntos siempre urgentes de los desequilibrios y las desigualdades comunicacionales, ahora que al fin parece que el imperio de Rupert Murdoch caerá pieza a pieza, y este planeta podría convertirse en un mejor lugar para vivir.

La primera consecuencia de envergadura de este escándalo en plena evolución es que ha dejado a muchas personas la enseñanza de que no hay poderío inexpugnable. Ni siquiera el de Murdoch, considerado uno de los amos mayoritarios del flujo simbólico en las sociedades contemporáneas, en este mundo de globalidades.

Quiero decir con esto que por muchas razones nosotros en La Habana, tan alejados aparentemente de estos avatares, deberíamos estar muy entusiasmados por la adversidad que la News Corporation atraviesa hoy. No está en descrédito solo una megacorporación mundial que actúa delincuencialmente para conseguir sus beneficios; no se trata solo de un ricachón avaro que somete a políticos, fuerzas militares y de inteligencia, y a ciudadanos inocentes a sus mecanismos de extracción de plusvalía.

Se trata esta vez de que con Murdoch pudiera empezar a caer, si al fin llegara a tocar fondo la aventura imperialista del viejo australiano, todo un Orden mundial de la Información y la Comunicación, signado por la concentración extrema de la propiedad y la consecuente y feroz expropiación extrema de la voz de los otros.

Como condición para que eso ocurra, para que caiga el imperio, habría que mundializar la denuncia y la protesta; pero solo estas llegarán si somos capaces de entender cómo en cualquier “oscuro rincón” —citando ya saben a quien—, y no solo en Londres o Nueva York, somos todos víctimas de este dueño de la palabra global; de este magnate de las imágenes y las representaciones del mundo; de este jefe del “sentido de las cosas”.

Y la verdad, no estoy muy segura de que seamos conscientes de cuánto Murdoch ha hecho en la modelación de nuestras mentes. Sí, incluso de nuestras mentes, crecidas bajo la sombrilla tutelar de la Revolución aquí en La Habana, Cuba. No sé si estamos conscientes de cómo somos, también nosotros, portadores y reproductores de la hegemonía del capital. Por eso no soy tan optimista.

La Jiribilla de Papel 90 Presentación
Pero les decía que casi nunca una presentadora tuvo mejor oportunidad de beneficiar con un buen saludo a la publicación a la que damos la bienvenida.

Este es justamente el momento de leer con más detenimiento lo que nos trae La Jiribilla y de discutir acerca de nuestras alternativas comunicacionales, ahora que estamos en mejores condiciones para impulsar miradas contrahegemónicas desde las redes digitales cada vez más baratas, ubicuas, accesibles y, además, abiertas a las nuevas “expresividades”.

Me atrevo a afirmar que con solo leer el dossier de este número 90, uno puede llevarse a casa los puntos más controversiales y por eso mismo, generativos, que atraviesan la discusión teórica y el esfuerzo práctico de la comunicación alternativa en pleno siglo XXI.

Las “Palabras para entrar en materia”, de Pascual Serrano son una síntesis muy lúcida y hasta didáctica de los retos “digitales” que encaramos los animadores del “cambio”; que no podía tener mejor compañía que el artículo de Santiago Alba, en el que el autor se acerca a un posicionamiento epistemológico radical —que buena falta nos hace—, para pensar la red no como mero instrumento o medio de comunicación, sino como el ecosistema cultural en el que nos desenvolvemos (y luchamos).

Incontestables son, por su parte, las observaciones que Frabetti, Kaplún, Betto, la Ceceña, Pérez y Vidal nos hacen a los “alternativos”. Todas giran en torno al problema de cómo “usar las armas del enemigo” (Frabetti).

¿Cómo convertir en contrahegemónico un discurso construido con el instrumental y desde las matrices culturales de la comunicación NO alternativa? ¿Cómo construir públicos críticos y al mismo tiempo satisfechos con una propuesta comunicacional que no renuncie a la belleza, a la estilización, a lo lúdicro?

“Lo panfletario tiene un público muy reducido. Hay que rechazar el artesanalismo de la peor calidad”, indica Kaplún.

“Debemos partir de lo que motiva a la gente y no de las convicciones dogmáticas de nuestras ideas revolucionarias”, dice Betto.

“No se trata de hacer contranarrativas (…) sino narrativas diferentes, pensadas desde otros lugares. Las contranarrativas se construyen dentro del marco conceptual y argumental del poder, lo reproducen afirmando su contrario”. Esto nos dice Ana Esther Ceceña, quien indica rotundamente la necesidad de “pensar desde otro lugar epistemológico”.

La Ceceña nos dice: “Hoy los medios —los nuestros— están en la obligación de despojarse de ingenuidad y asumir la enorme tarea de reconstruir, ‘junto con los pueblos en lucha’ los sentidos de realidad…”.

Todos estos autores merodean la idea de que la comunicación alternativa debe “acompañar” las prácticas emancipatorias en el proceso de la confrontación clasista, y de la lucha por la conquista de los poderes (sobre “las tierras y los cuerpos”).

Y si bien este es el plano común de la lucha, por lo menos de modo muy evidente en el contexto latinoamericano, sigue pendiente, para nosotros los cubanos, pensar nuestra comunicación alternativa en el contexto de una sociedad que ha conseguido  —a veces solo formalmente— derechos iguales y soberanía popular; y donde los medios de comunicación se han vuelto —muchos de ellos—, por arte de la “magia negra” burocrática, en fortalezas del dogmatismo, la censura, el antidiálogo, y también de la banalidad y la ruina ideoestética.

Nada de esto apunta a la recreación revolucionaria, y parece más que todo favorecer la hegemonía que la estirpe Murdoch ha venido consagrando como herencia fundamental del capitalismo en el plano de las ideas y de los sentimientos: el egoísmo.

¿Cómo reconquistar para Cuba, para nuestro pueblo, para nosotros, la motivación por “alternativizar” la comunicación? Esta es nuestra lucha, emparentada con aquella por la decisión de construir una nueva hegemonía que sea anticapitalista, y que hoy, valga decirlo, padece una profunda crisis.

¿Qué es lo alternativo en nuestro contexto y cómo se operacionaliza en nuestros todavía precarios y poco concurridos espacios digitales?

Si los editores de La Jiribilla me lo permiten, me atrevo a sugerirles esa como una futura pregunta generadora de próximos debates.

Y parafraseando a Eliseo, antes de terminar digo: Lo demás es la sombra…  apetecibles lecturas para jóvenes cultos y voraces. Disfrutemos, pues, todos de esta noble Jiribilla de papel que le hace honores a los bits.

Gracias.

19 de julio de 2011


Cibervivientes de la letra impresa

julio 5, 2011

Por Milena Recio

Libros-SardoyaCon los ojos irritados, la mano acoplada al mouse y la columna contrahecha, permanecen cada día ante un mar de letras evanescentes en la pantalla de la PC. No lo soportan más, pero no pueden evitarlo. Son los migrantes digitales, quienes mantienen un pie en el tomo impreso y otro, nostálgico, en las ruinas de la cultura que ellos rememoran digna, ahora degradada a bits.

Piensan con terror en el futuro porque el presente ya señala el infortunio. ¿Dónde se encontrará la belleza, el fino ademán, la gracilidad de épocas pasadas con estos advenedizos que ahora se conforman con escribir un tkiero, sin más? ¿Cómo podrá la memoria humana salvarse en los sótanos virtuales de enciclopedias apócrifas donde cualquier hijo de vecino puede emplazar un saber profano?

En la otra esquina aparecen los nativos. Recién llegados, completan el cuadro. Nunca leerán más de 20 páginas, de nada. Ni siquiera le pondrán atención al prospecto que acompaña al jarabe de la tos. Sus ojos no ven, no miran; escanean. Su mente no lee, solo “recupera” tipos, señales, ambientes.

Encuentran sus pantallas y sus conexiones ubicuas por donde van. Esos cuerpos juveniles simulan ser, y no al revés, las extensiones de aquellos dispositivos electrónicos cada vez más portátiles que parecen capaces de forjar la realidad. (Érase un hombre a un IPod pegado…)

Estos mozos e-letrados no tienen tiempo que perder. La pista arde, el mercado atropella, el amor se diluye en abrazos de todo signo. Lo mejor es jugar: sumergirse en la red, interactuar en un más allá digital donde se encuentran todas las promesas resueltas con un solo algoritmo: el del placer. Son optimistas, vienen del futuro.

Ellos, nosotros

Aunque ninguno de estos “tipos” existen en puridad, siguen siendo construidos y utilizados —¡tantos años después!— para denostar o adular, indistintamente, los “impactos” de las tecnologías digitales de información y comunicación en nuestro mundo. Cada una de estas “criaturas” es frecuentada por las retóricas apologistas o detractoras que han hecho de estas supuestas tecnoculturas polarizadas, su trigo.

En realidad, habitamos sociedades en tránsito. A todos, estemos más cerca o más lejos del nuevo “instrumental” técnico y de sus lógicas digitales, nos envuelve la marea innovadora en las formas de recrear y usar la cultura letrada. Y también en no poca medida, nos definen unos guiones mentales con los que funcionamos y que le deben todavía más a Gutenberg que a Tim Berners-Lee. Somos, eso sí, “cibervivientes”, a quienes ha tocado cohabitar con la pantalla como nuevo —no único ni excluyente— soporte intelectual.

Los modelos de aprendizaje que tienen a la letra impresa y a la escritura secuencial como su principal referente, no han desaparecido, sino que se “contaminan” con la emergencia de literaturas hipertextuales, y alcanzan también a los nativos digitales cuyas formas de socialización y enculturización siguen siendo —allá quien lo niegue— principalmente analógicas y no virtuales.

Es notable entonces que, como nos advierten algunos buenos sabios, en el debate sobre los hábitos culturales y las “confrontaciones” pantalla/libro, partimos casi siempre de incertidumbres, más que de certezas. “Sabemos aún demasiado poco sobre la lectura tradicional, la lectura en papel”, nos dice Juan José Millán. “Y sin una visión clara de qué ha sido hasta ahora leer, ¿cómo vamos a opinar sobre lo que está suponiendo la nueva lectura?”

Por otra parte, las prácticas de lecturas en los distintos soportes, en última instancia, se presuponen. Alejandro Piscitelli lo explica en Ciberculturas 2.0: “En su convención narrativa, Borges nos pide imaginar un mundo de multiplicidades a partir de un medio exclusivamente lineal (el libro). Para los lectores de hipertextos la situación es exactamente al revés: dado un texto que puede, en principio, remitir a cualquier cosa (como esta arborescente reflexión que usted está leyendo) la tarea consiste en ejercitar una ‘reducción’ racional del campo de posibilidades”1.

Los hipertextos y las pantallas señalan nuevos retos cognitivos y estéticos, pero no pueden desligarse de la psyché propia de la tecnología escritural cuyo corolario moderno es el libro industrial.

Lejos del empobrecimiento o la disolución que algunos malos exegetas pretenden ver en los recientes derroteros de la cultura alfabetizada, nos topamos hoy con procesos de lecto/escritura mucho más demandantes. Las habilidades puestas en juego no se reducen a domesticar la palabra; es imprescindible completar el ciclo estimulando las competencias necesarias para aprender, comprender e interactuar. “Ni el libro es David, ni la computadora es Goliat. Entreverados y mutuamente potenciados, la tinta de Gutenberg y los bits de McLuhan deberán aprender a convivir y a multiplicarse creativamente”2.

Notas:

1- Alejandro Piscitelli: Ciberculturas 2.0. En la era de las máquinas inteligentes. Paidós, Buenos Aires, 2002. p.130.

2- Ídem. pp. 141-142.

Publicado originalmente en La Jiribilla, No. 526. La Habana. Año X.  4 al 10 de Junio de 2011. Disponible en:
http://www.lajiribilla.co.cu/2011/n526_06/526_19.html


La hora de los desconectados

marzo 23, 2011

Por Milena Recio

VI Salón de Arte DigitalFue en 2004 cuando los cubanos vimos cabalgar por La Rampa a un rinoceronte. Compartiendo la escena con camellos metálicos y transeúntes desordenados, el “cuernudo” parecía huir de la fauna humana. Lo vimos todos, por televisión, cuando los organizadores del VI Salón de Arte Digital mostraron el spot promocional del evento.

Esta secuencia metafórica era, al mismo tiempo, un testimonio más de lo-posible-virtual que se aloja en nuestras retinas y cerebros para domesticar nuestra capacidad de asombro. En 1938, miles de personas, presas del pánico, no pudieron defenderse de una imagen sonora que representaba una amenazante incursión extraterrestre. Ni siquiera Orson Welles, conocedor del poder de los media, pudo figurarse el impacto que, en la sociedad de las grandes ciudades del este “americano”, tendría su performática versión radial de La guerra de los mundos.

Tantos años después, el environment mediático en que nos desenvolvemos, nos ha entrenado con eficacia hasta extirpar convenientemente cualquier atisbo de estupefacción. (Tampoco nos impresiona un rinoceronte en la selva africana).

De tanto exponernos a las new technologies, de tanto discurso que ficcionaliza la realidad y lo contrario, y de tanta poda al potencial crítico de las generaciones, los relatos sobre el mundo en que “resistimos” son fundamentalmente predecibles (aunque no controlables) para la mayor parte de las personas que lo habitamos.

Buey Arriba / Way Up

Y he aquí que el rinoceronte no solo “estaba ahí” para quienes “rampeamos”; para quienes hemos recibido entre los dones, este, inestimable, de nacer, vivir y explicarnos la existencia desde esta capital que, como todas y en su escala, discursa sobre el futuro.

En las laderas de la Sierra Maestra, allá en Santo Domingo, en Buey Arriba, en Granma, donde la escasez material se mantiene fiel a sus difuntos y donde hasta el mar puede ser un lujo inaccesible para muchos, también pudo verse este enorme animal recorriendo la avenida más cosmopolita, abierta y joven de nuestra topografía humana (cubana).

Las huellas mentales de la virtual reality no se derivan exclusivamente de la interacción directa con las tecnologías que de primera mano la (re)producen. La presencia de una enorme variedad de formas de dispersión del sensus virtual es el signo de nuestra época. No es el artefacto, sino el sentido; la significación de la máquina, tal como nos enseñara el sabio y centenario McLuhan.

La virtualidad digital conquista en este siglo XXI la “conciencia posible” (Lucien Goldman) no solo en el aspecto restrictivo de “hasta dónde” podemos formarnos un determinado juicio, sino en otro sentido: cuando un input informativo puede imponer un margen distinto, una nueva cota de “posibilidad”. Más allá de la “frontera entre el ser y la nada”, consigue ser “una frontera entre el ser y el más ser”.

Así, nuestro andarín rinoceronte es solo otro guiño para ese “lector” de la realidad que puede representarse el mundo desde cualquier latitud ideacional, pero sabiendo que, en cualquier esquina, corre uno el riesgo de ser corneado.

Desconectados, uníos

Las estadísticas mundiales muestran que unos dos mil millones de personas se conectan a Internet. El resto —descontando con vergüenza y dolor a quienes mueren por inanición o viven por debajo del mínimo humano— probablemente sabe, de alguna forma, que otros están conectados. Comparten la noción de la red, conocen que es algo poderoso y quizás mágico.

Incluso los “desconectados” pueden apreciar la paradójica contracción/ampliación del tiempo y el espacio; han adquirido una dimensión global de la existencia que no puede ser ya pautada o escamoteada fácilmente —¡no como antes!— por cualquiera de las fronteras: territoriales, de clase o grupo, género, religión o nacionalidad; aprehenden la portabilidad de la información, la miniaturización de los dispositivos de almacenamiento y la reproductibilidad infinita de la información, como rasgos típicos y hasta “naturales” de “lo-que-existe”.

Las noticias de televisión que citan como fuente a Internet, la radio que programa música en tracks, las personas que cargan su Ipod pegado a las orejas, los políticos que convidan a mítines por SMS, los amigos emigrantes que curan su nostalgia por e-mail, las miles de fotos instantáneas que el vecino le hizo a su hija que nació… Todos son “mensajes” ubicuos, cotidianos, con los que topamos, aun desde la “desconexión”, sin poder evadir un estilo de época marcado por los bits.

No es extraño, por eso mismo, que las definiciones sobre la brecha digital abarquen, cada vez más, los aspectos cualitativos y no solo el perfil numérico de la desigualdad informacional; entre otros motivos porque la “desconexión” no es un estatus —más o menos transitorio—: es una cultura compartida por quienes recibimos y aprovechamos solo pequeñas porciones de la gran capacidad de producción y distribución informacional en el mundo de hoy, en la sociedad red, al decir de Manuel Castells.

La cifra de penetración de Internet en Cuba, según la Internet World Stats (IWS), es de solo 14 por ciento, considerando una población total aproximada de 11,5 millones de personas y de 1,6 millones de “conectados”; una de las más bajas en América Latina. Buena parte de estos usuarios se conectan a una especie criolla de Intranet con accesos limitados y a baja velocidad.

Un reciente estudio de la Oficina Nacional de Estadísticas de Cuba informaba, además, que solo el 5,8 por ciento de los cubanos usó el correo electrónico en 2009.

Mediante una encuesta nacional, se supo que apenas el 31,4 por ciento de la población cubana tuvo acceso a una computadora en el mismo lapso —de los 700 mil que se reportan en el país, para una tasa de 62 computadoras por cada mil habitantes. En la mayoría de los casos —el 85 por ciento—, los usuarios de estos servicios de red “entraron” desde computadoras instaladas en centros de estudio o trabajo. Los datos relativos a 2010 —que recién terminó— deben ser semejantes.

La condición de “desconectados” obliga a estrategias inexcusables para conseguir el acople necesario con los cambios potenciados por la revolución tecnológica digital que tiene ya varias décadas en curso.

Algunas de esas estrategias se enfocan en un “uso con sentido” de las tecnologías; no desde la opulencia, sino desde la escasez; no desde la abulia por lo digital, sino a partir de unos imaginarios sociales impregnados de bits, de maneras curiosas e inextricables.

1961-2011: otra campaña

Cuando en 1961 el pueblo cubano decidió conquistar para sí su derecho al futuro mediante la diseminación de las “letras” a través de una campaña masiva de alfabetización, estaba, al mismo tiempo, ofreciendo el “arma” liberadora de la lecto-escritura y resolviendo una gran deuda social con el ciclo tecnocultural gutenberiano.

En ese proceso, la mayoría de las personas “dominaron” el recurso del lenguaje escrito no solo a partir de que tuvieron libros que leer o cartas que escribir —soportes/artefactos tecnológicos que la Revolución produjo y socializó en una escala nunca antes vista en la historia cubana—, sino también cuando esas mismas personas comprendieron la necesidad e importancia de ese conocimiento para vivir una vida de intercambios culturales simétricos y de expansión de su aptitud humana.

Los adolescentes que fueron a enseñar entonces, lograron, adicionalmente, provocar la ansiedad por saber en millones de personas de todas las edades, y les aportaron la energía suficiente para seguir estudiando y reubicando así su horizonte mental a través de la cultura escrita.

Cincuenta años después, en los nuevos escenarios, es acaso imprescindible otra alfabetización, esta vez para insertarse más plenamente en el nuevo ciclo tecnocultural abierto por la infocomunicación digital.

Aun cuando no están disponibles PC para todos —faltan muchísimas— y la conectividad seguirá siendo difícil, la sociedad cubana no podrá dar ninguno de los saltos que pretende en estas fechas, si no lo hace promoviendo sujetos activos en el uso de las tecnologías digitales y sus contenidos (¡la información y el conocimiento!).

Aunque todos soñamos los “aparatos”, la alfabetización que se necesita —si bien no podrá prescindir de ellos—, no depende solo de la dotación tecnológica; es de mayor alcance. Pero tampoco se reduce a enseñar el uso de sistemas operativos (da igual Windows o Linux) o de procesadores de textos o imágenes (lo mismo Office que OpenOffice), o a buscar información en enciclopedias digitales (sin distinguir entre Encarta o Wikipedia).

Una alfabetización sin analfabetos

No existen los inmaculados de los bits. No es posible salvar nuestras conciencias de sus permanentes estímulos. Nuestras habilidades para lidiar con ellos son, eso sí, más o menos complejas; pero en ningún caso se llega casto, ni siquiera en edades tempranas, al aprendizaje sobre lo digital en la sociedad actual. No hay analfabetos digitales puros.

El potencial, sin embargo, muchas veces se desperdicia en el fomento de habilidades de poco rendimiento individual y social. El uso de las llamadas Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) puede ser exquisitamente mediocre cuando tiende a reproducir, meramente, las formas de relación con las tecnologías precedentes, desconociendo la aplicación, para nuevas funciones, de las herramientas y sus lógicas.

Miles de horas se desperdician, se acumulan montañas de aburrimiento y apatía en las aulas escolares; por ejemplo, donde los maestros siguen utilizando la televisión como prótesis del profesor parlante que dicta cátedra, muchas veces sin reconocer las necesidades cognitivas de niños con otras demandas.

Las innumerables presentaciones en PowerPoint —animadas y a todo color— que un estudiante universitario verá durante su carrera, ayudan a reproducir año tras año, curso tras curso, idénticos relatos demodé, más viejos en ocasiones que la ciencia misma.

Adolescentes entrenados en el “difícil arte” del Copy+Paste, difícilmente investiguen un solo “¿Por qué…?” de autoría propia. Científicos que usan Google como única puerta de acceso a los contenidos, corren el riesgo de hacer “ciencia de bodega”.

Periodistas que pretenden seguir imponiendo sus versiones de la realidad desde sus columnas, sin permitir el diálogo, estarán a un paso del ridículo frente a la marea indetenible de (sustanciosas) opiniones, de todos los signos, que brotan en la web 2.0.

Intranets muy útiles solo para avisar el cumpleaños de cada compañero, mes tras mes, o para “rememorar” desteñidas efemérides, y no para soportar procesos de trabajo y creación de nuevos valores económicos, serán siempre telarañas para cazar moscas.

Esta otra alfabetización —digital / informacional— que necesitamos, parece ser un asunto tan urgente como el del marabú. Resolver la infección de las tierras es condición para ofrecer alimento a los estómagos; desperezarse, ir en campaña hacia un modelo de sociedad sustentada en el valor del conocimiento nos daría ciertas garantías para un futuro en el que toda vocación no se reduzca al mero estómago.

“Es como si fuera necesario un nuevo tipo de civismo” —nos dice Alfons Cornellá—: el civismo informacional. “Todos comprometidos en generar mejor información, en facilitar su localización, en enseñar a entenderla, en ser exigentes en cuanto a su calidad, etc. La sociedad comprometida con el conocimiento. El conocimiento como valor social».

En la sociedad de la justicia y la inclusión —la utopía—, nuestra inteligencia, comunicada convenientemente, será, por fin, la fuente suprema para otorgar sentido a las cosas, aunque sean estas tan fantásticas como una carrera de forajidas bestias por nuestro entorno de asfalto.

Este texto se publicó originalmente en la revista La Jiribilla de papel, No.89, febrero 2011. Disponible también en: http://www.lajiribilla.co.cu/2011/n512_02/512_07.html


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